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Se me hace raro no poder escuchar tu voz. Tu voz tiene un efecto balsámico, de esos que curan, como una buena canción. Tu melódica y suave voz calma mi constante incertidumbre, siempre y cuando no digas estupideces. Ahí tu preciosa voz pierde cierto encanto. Ya lo sabes, amante de las estupideces que eres, siempre buscas provocarme para que saque lo mejor, aunque sea de las peores formas. No sé muy bien cómo dos polos tan opuestos necesitan estar tan pegados, habrá que preguntárselo al magnetismo. Paso de preguntártelo a ti, seguro que tienes una explicación y tratarás de convencerme hasta el final, aún y cuando yo te haya convencido a ti de que no tienes razón. 

Eres muy cabezona. Y tienes ideas brillantes. Y brillas, tú sola, con tus constantes despistes y prolongadas tardanzas. Vale la pena esperarte. El tiempo que haga falta, petita. Quién mejor que yo para entender lo incomprensible. Sé que estoy lejos. Sé que la frialdad del teléfono no compensa el calor del refulgir de tu mirada, de esa sonrisa picarona que sé que pones cuando me has enganchado en tu red y tiras de mi hilo, ese hilo sin fin que podemos enredar juntas durante horas, días, años, décadas. Sigo tirando del hilo, petitona, por si te encuentro al final. 

Supongo que sabes que quiero decirte algo. Es decir, de los mil millones de cosas que quiero decirte, necesito comentarte algo en especial…

Me pediste una cosa. Algo que no sé si soy capaz de hacer. Quiero saber si todavía quieres que lo haga. Porque a lo mejor ya estoy preparada para intentarlo, aunque fracase en el intento. 

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