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No sé si te lo creerías. Todo lo que está pasando en casa, todo lo que no querías que pasara y que parece acabará con sangre y lloros y gritos porque, como hemos hablado tantas veces, el fascismo no ha muerto. No sólo eso, sigue gobernando y pudriendo las instituciones y la sociedad.

Creo que te sentirías muy orgullosa de tu pueblo, de su muestra de madurez, de pacifismo, de libertad, de democracia. Te sentirías muy orgullosa de que todos los demócratas, los del “sí” – a la independencia- y los del “no”, hayan salido a la calle a defender la libertad de expresión, esa que tanto valoramos.

Pienso en ti todos los días, aunque intento no pensar demasiado rato para no ponerme muy triste. Estos días, sin embargo, mis sesiones de “olvida y tira, que no queda otra” no están funcionando muy bien. No hago más que pensar en coger el teléfono y llamarte, aunque no vayas a contestar. Soñé que me llamabas y me decías que habías tenido que esconderte. Sabes que mis sueños a veces se cumplen y despierto cada día mirando las llamadas del móvil, deseando que sea cierto aún sabiendo que no lo es. Esperando ver tu llamada, dispuesta a buscarte allá donde sea que te hubieras escondido de esas fuerzas oscuras que te obligaron a huir.

Sólo pienso en volver a oír tu dulce y suave voz y en preguntarte qué piensas de esto. Qué dudas te asaltan. Qué miedos te atan. Como si aún pudieras oírme. Estúpida de mí, ahora que no estás me gustaría creer en ese dios en el que creen otros sólo para pensar que me ves desde su chalet en las nubes.

Los silencios son mucho más duros ahora que no tengo tus palabras. Tu falta de respuesta es tremendamente dolorosa ahora que sé que no podrías dármela, aunque quisieras. Que no hay un “espera,  ya te contaré” que valga, porque ya no me contarás. Que no voy a recopilar más piezas de ese rompecabezas complejo y hermoso que eras.

Quería hablar contigo del referéndum en Catalunya y de las cargas policiales y su violencia y de la declaración unilateral de independencia y de todas esas cosas que preocupan al mundo, pero ahora sólo me apetece decirte que te echo de menos. Que no es lo mismo vivir esto, vivir lo que sea, vivir sin ti. Que se me hace difícil no poder llamarte, saber que cuando vuelva a Barcelona, sea o no independiente, tú no estarás allí.

Supongo que se me hace complicado mantener una discusión política si no me interrumpes aunque el corte no venga a cuento. Ya no tiene la misma gracia discutir, aunque siga gustándome. Echo de menos discutir contigo. Echo de menos hablar mil horas por teléfono y no aburrirme, sintiendo que podríamos hablar otras mil más si no fuese porque el día tiene un número de horas limitado.

Estoy dispersa y triste. Divago. Esto parece una de nuestras conversaciones con mil asuntos que tratar y millones de saltos entre uno y otro. Tengo ganas de llorar. De llorarte, mucho, porque tu ausencia me duele como si me hubiesen mutilado una petita pero enorme parte de mí, de mi intelecto, de mi vida.

Tengo ganas de llorar por tu Barcelona querida, por nuestra Barcelona querida. Por la guerra que han llevado a una ciudad de paz. Por la mierda que dicen, por la mierda que escriben. Por la mierda de mundo en el que nos hacen vivir. Por la mierda de democracia que nos hacen tragar. Por la cantidad de injusticias que nos obligan a obviar.

Y necesito hablar contigo de toda esta tristeza que me embarga. De esta ausencia que me mata. De esta vida que me apaga y de esa chispa que prende cada vez más débil.

No dejo de sentirte muy cerca, aunque estés tan lejos. I miss you.

 

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