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Vienen y van. A veces parece que vuelan y se desvanecen. Sobre todo, se desvanecen. Sobre todo, se van. Sobre todo, te vas. A veces recuerdas, a veces preguntas, a veces suspiras. A veces piensas dónde estarán, qué será de sus vidas. A veces sueñas que siguen aquí, contigo. Que sigues allí, con ellos. A veces, me atrevo a invadir mis recuerdos y convertirlos de nuevo en una realidad. No es la que era, pero parece ayudarme a superar la distancia, el tiempo, el espacio.

Vienen y se van, sin avisar. Entran y salen de tu vida. Los metes y los sacas de tus días. A veces por tonterías, a veces sin razón, a veces arrepentida. Casi siempre arrepentida. Hay muchas brumas que pretenden ser motivos y no son más que eso, brumas. Niebla. Nubes de miedo. En realidad, los motivos se desvanecen con la facilidad con la que lo hace el orgullo herido… Rápido. La vida está hecha de otras cosas, mucho más importantes.

No soy de cuidar, no me sale bien, no es lo mío. Por eso no me gustan los animales. Ni los hijos. No quiero que ninguna vida dependa de mi aptitud o ineptitud para conservarla. Me agobia y me permito agobiar al resto por este tipo de razones, mentales. No soy de fingir, al menos durante mucho rato. No me gusta, no me veo. No es, sin embargo, una excusa que me exima de no haber cuidado más a aquellos que lo merecieron. A aquellos que me demostraron que sabrían cuidarme, aun estando lejos. A quienes ni siquiera he dado la oportunidad de compartir mi carretera.

A veces pienso que soy fácil de olvidar y me empeño en olvidar yo primero. En apresurarme a pasar páginas que permanecerán eternamente marcadas en mi enrevesada memoria. A veces creo que soy difícil de aguantar y se me olvida que siempre hay alguien que me sostiene cuando tropiezo. Quien me ayuda a levantarme cuando llego a caer.

Vienen y van. A veces parece que vuelan y se desvanecen. Sobre todo, se desvanecen… Hasta que vuelves a conversar con ese amigo que lo fue todo, al que hoy apenas ves, y te das cuenta de que no se irá nunca si quieres que se quede. Que es tan fácil como coger un teléfono y decir: “Quiero verte, ¿quieres verme tú también?”.

A todos aquellos a los que he perdido por el camino. A los nuevos que llegáis y no he sabido recibir. A los que parezco haber olvidado y a los que creía que me habían olvidado a mí. A todos aquellos a los que he exigido sin saber tal vez dar… A todos vosotros: perdón y gracias.

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