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“Je pense, donc je suis”
Renè Descartes 1637

Que voy muy deprisa, me dicen. Que soy impaciente, insinúan. Que pienso demasiado y demasiado rápido, sostienen. Ja. Igual es que ellos, ellas, van muy despacio. Igual llaman paciencia al conformismo y no dedican demasiado tiempo a pensar. Porque duele.

Sí, pensar también provoca agujetas. Y cansa. Agota. Hiere porque implica razonar y desear algo mejor. Algo más justo. Algo que no dé vergüenza. No sé cuál es la solución pero sé que no es ésta. No es atontarnos (más aún). No es dejar relegada la dignidad al último plano mientras podamos “desconectar” en casa con telebasura.

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Desconectar, lo llaman. Resultaría incluso gracioso si no fuese desolador. Desconectar es reírnos de la ignorancia ajena, que no es más que un reflejo de la propia. Desconectar es ver, programa a programa, temporada y temporada, año tras año… a gente gritarse, faltarse al respeto, insultarse, pelearse…

O, por otra parte y no menos deprimente, ver supuestos informativos, leer presuntas noticias y explorar cada rincón de morbo que nos presentan de la miseria ajena. De las desgracias propias y externas. Supuestos periodistas o expertos en todo (y nada) difaman el término “debate” convirtiendo cualquier conversación en una riña infantil. Fácil de ver, de digerir, porque no hay argumentos. Ni datos, ni hechos, ni valores. Hay repeticiones morbosas continuadas ofreciendo una visión sesgada y totalmente contaminada de la realidad. Información hace tiempo que no emiten. Que no escriben. La información hace tiempo que dejó de ser importante. Es más cómodo que te vendan todo en uno: opinión + demagogia. Así te ahorras hasta tener que formarte un criterio proprio, que hoy en día no se lleva.

Se llevan los tupés, las barbas, la mala educación, las conversaciones estériles, las gafas reflectantes, las gafas de pasta, las mechas, las sonrisas fáciles y las pocas neuronas. Eso es lo que más se lleva actualmente y por desgracia. Si la gente lee, lee mierda en la mayor parte de los casos (hablo de mi generación para abajo. Para arriba también ocurre pero por distintos motivos). La literatura ha quedado arrinconada en el universo de los frikis o los investigadores (sí, en Humanidades también se investiga. Ja ja). La música y el arte también se desdibujan, se retrotraen a la esfera de unos pocos. Las mismas melodías con similares letras e idénticos ritmos se repiten en la mayoría de salas de baile, en la mayoría de coches exhibicionistas de ventanillas tintadas pero abiertas. Hay que ir a una gran discoteca para apreciar el nuevo musicón electrónico o las verbenas de pueblos y bares musicales parecen pinchar la misma mierda, perdón música, noche tras noche. Hay que ir a ver un concierto mítico de grupos que ya se van quedando viejos (no su música, sólo faltaría, gracias a que existen. Se van quedando viejos los músicos y cantantes… y, algún día, dejarán de hacer buena música –los que no lo han hecho ya) o indagar mucho para encontrar algo nuevo que merezca la pena.

Se lleva lo insustancial, lo fácil, lo aburrido (para mí). Se lleva lo que unos pocos, que en realidad  no son tan listos aunque sean muy poderosos, quieren que llevemos. La historia se nutre de casos y casos (vaya, la evolución de la humanidad) en los que el poder corrupto e injusto de unos pocos con exceso de avaricia se alimenta de la ignorancia de otros muchos. Es extraño comprobar cómo, a pesar de tener al alcance lo que otros no tuvieron, la estupidez, la falta de criterio y desarrollo intelectual persisten. Como una lacra que amenaza con prologarse hasta nuestra extinción. No me digas por qué. Yo tampoco lo entiendo. Si yo veo tan claro lo que pasa y cómo habría que empezar a solucionarlo (exigiendo que los programas políticos sean contratos legales, separando de verdad los poderes político, económico y judicial –no es tan difícil, sólo hay que controlar la administración pública, no desentenderse, y castigar a la primera-, cambiando la injusta ley electoral para que contemple la realidad del electorado tal y como es –contemplando la abstención, que los escaños se correspondan con los votos…-, dejando de votar a los mismos ladrones de siempre, de uno y otro color, a gente que promete y que no cumple, dejando de votar a esos nuevos -también de todos los colores- pero que huelen a rancio…), yo, que no soy ninguna eminencia intelectual, no entiendo cómo “la masa” que decía Ortega y Gasset no puede verlo hoy. Hoy que tiene medios. Hoy que debería haber menos miedos. Hoy que está en tu mano que te manipulen a través de los medios de comunicación, hoy que está en tu mano dejar de votar a aquellos que aprueban leyes injustas. Hoy que deberías saber más, quieres saber menos. Y eso es muy peligroso, porque muchos lo prefieren.

Después de disertar, de criticar, de llorar y desesperar, bajo a la realidad. Vuelvo a posar mis pies sobre la fría y dura tierra, abandonando la mullida nube desde la que me gusta juzgar al mundo y, con él, a su peor enemigo, la raza humana. Desciendo y recuerdo que muchas veces ni siquiera aquellos que tienes más cerca dedican un rato a leerte. No por interés, sólo por cariño, sería un motivo suficiente para que mis letras les condujesen a letras de otros que abrieran sus perspectivas. Pero no ocurre. O soy muy mala, que es una opción, o muchas personas dedican muy poco tiempo a leer cualquier cosa que les obligue a pensar. Aquello que no hable de la curvatura de su ombligo o, en su defecto, de la extraña forma del ombligo de una y del tamaño de los cuernos de otro no tiene cabida en sus extensas bibliotecas.

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Porque, aunque se rían de nosotros, sensibles y románticos pensantes errantes, constantes filósofos de la nada y del todo, conscientes en Un mundo feliz… pensar duele. Mucho. Porque implica aceptar que tu razón, a la que quieres por encima de todas las cosas, no acepta la realidad que le ha sido dada. Implica asumir que da igual que nadie más, o muy pocos, piensen como tú. Porque mientras lo sientas con esa intensidad, tendrás ganas de cambiarlo y lo intentarás. Cómo y cuanto  puedas. Da igual que nadie lo comparta mientras tú lo pienses, mientras tu moral pueda sostener los argumentos que esgrime tu razón. Porque entonces no tendré nada que reprocharme.

Porque, aunque sufra, pienso. Y, mientras lo haga, me permitiré el prepotente lujo de mirar por encima del hombro a aquellos que ni siquiera lo intentan. Porque pienso, por lo tanto existo.

Amets

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