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La cuerda tensa hasta que se rompe.
Notas cómo, poco a poco pero inexorablemente, tu refugio compartido vuelve a resquebrajarse, amenazando con hundirse. Esto te provoca unas ganas inmensas de llorar.
‘Otra vez, no’, piensas. ‘Otra vez, no’, rezas, suplicas, ruegas. ‘Otra vez, no’.
Sólo una imagen, la del fracaso, se pasea por tu cabeza. Sólo una idea, la decepción, gobierna tus pensamientos.

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Quieres que se diluya el cabreo entre la melancolía y perdonar. Perdonar la estupidez y la irresponsabilidad, la falta de atención, de honradez, de entendimiento, tal vez empatía. De sensibilidad, al fin y al cabo, eso que tú rezumas. Eso es lo que eres. Un Shambala emocional que se transforma en volcán hiriente para aquellos (casi todos) que no perciben la realidad de la misma manera que tú.

Quieres volver a sentir eso que tanto se parece a la idealizada felicidad. Quieres que no tarde tanto en volver y que permanezca más tiempo. Quieres que te haga un poquito más fáciles los días. Te preguntas, ¿es mucho pedir?

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