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Indignada por la (in)Justicia que acaba de profanar mi dignidad, y la de la persona a la que más quiero, y la de otra persona a la que una vez quise. Indignada por la desfachatez con la que algunos ignorantes tratan la preocupación de otros. Nuestra preocupación. Cabreada por la ligereza con la que algunos, que no terminan de tener claro en qué bando han de colocarse, se animan a dar consejos y lecciones morales. Que se vayan a la mierda. Que me dejen en paz. Aquí nadie, salvo mi hermano, tiene potestad para dirigirme la palabra. Aquí nadie, salvo yo misma, tiene derecho a juzgar cómo son mis cosas. Mucho menos, para decirme cómo las tengo que afrontar.

Si quiero estar nerviosa, lo estaré. Eso jamás me ha impedido funcionar como una persona “normal” y equilibrada, a pesar de mis desequilibrios y múltiples disfunciones. Y sí, es tarea de los que me quieren, igual que mi deber es saber cómo acompañar a mis seres queridos en sus malos momentos, estar ahí para mí tal y como los necesito. Y sí, es tarea de las autoridades y las instituciones actuar a tiempo, antes de que ocurra lo que después todos lamentaremos. O lamentaréis. No, no hay puta discusión.

Durante un rato, he sentido una necesidad imperiosa de largarme de aquí, donde los problemas parecen rodearme. Donde la tranquilidad no existe salvo transformada en aburrimiento, y los obstáculos parecen sucederse en una carrera infinita. Luego, siempre después del calentón que forma parte de mi temperamento, se me ha pasado y he recordado lo bueno que tengo aquí. Es decir, las personas a las que quiero. Pero durante ese rato he querido volver atrás más que nada en el mundo. Volver atrás para no haber vuelto.

Cambio de párrafo con la intención de cambiar de pensamiento. No me gusta sentir esta ansiedad desoladora y crítica… ¿Qué solución existe? ¿Existe solución? Tras cuatro años aguantando los episodios psicóticos de un apenas conocido, que han roto tu vida y tu estabilidad, tu coche y tu tranquilidad en más de una ocasión y que han ido in crescendo, cuando el propio fiscal eleva la causa a lo penal, por iniciativa propia, rompiendo con un juicio una estabilidad proporcionada por la orden de alejamiento impuesta en un juicio anterior… cuando parece que las instituciones se han dado cuenta por fin de la gravedad del asunto, la decepción es máxima.

Comprobar que la justicia nunca va a ser justa simplemente por la parsimonia y desfachatez con la que actúa es indignante a la par que deprimente. Porque no dudan en trastocar toda tu vida, en una vorágine que mezcla presente, pasado y futuro y te pone los nervios a flor de piel, para no ayudarte en nada. Que te colocan en una situación que influye en tu trabajo y en tus relaciones para terminar igual que estabas antes, con la indignación de que te hayan molestado para nada. Para que el otro, quien ha estado condicionando tu vida los últimos cuatro años –ya casi cinco- debido al uso interesado e inteligente que hace de su enfermedad mental y de su obsesión, se ría de todos. Se ría de lo que ha hecho y del dolor que está causando a los demás y quede en “libertad vigilada”. Para que, cuando finalice el plazo de la orden, pueda volver a sentarse cerca de mí o de mis seres queridos e intimidarnos con su mirada, con su presencia y con sus veladas amenazas.

Vamos a jugar a que no pasa nada hasta que pase algo de verdad. Hasta que no haya vuelta atrás. Vamos a seguir dejando que personas enfermas, que dadas sus circunstancias personales estarían mejor atendidas en centros especializados, anden sueltas a merced de los impulsos de sus desvaríos, limitando la libertad de movimiento y la seguridad de los que en realidad, y a pesar de parecer los castigados, no han hecho nada.

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