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Muchas cosas se agolpan en mi cabeza sin querer salir fuera, sin querer convertirse en palabras. Prefieren guardarse dentro, transformadas en una extraña y queda rabia que me hace mirar alrededor sin reconocer absolutamente nada de lo que me rodea. De lo que dice acompañarme. De lo que asegura quererme y cuidarme.

No me reconozco frente al espejo. Soy una extraña confeccionada a base de retales de las ilusiones de otras personas que acaban frustrándose en mí. Soy un collage de sentimientos encontrados, chocando unos con otros como autos locos, luchando por sobresalir, compitiendo por enajenar del todo mi cerebro.

No sé en qué me he convertido, acostumbrada a fingir que soy lo que otros quieren y esperan. Soy cruel cuando soy yo y me adapto a las necesidades de los otros para cumplir con el papel que me toca y que cuelga de mi espalda cual pesado yugo. La mayoría de las veces, ni siquiera lo hago bien. Me desvivo por no decepcionar y sin embargo, sólo me siento yo cuando lo hago.

Siempre me creí auténtica y me veo buscando la mediocre homogeneidad. Me justifico diciendo que “es lo que hay, hay que adaptarse”. Ya ni siquiera me molesto en pensar argumentos, me basta con una coletilla. Ya ni siquiera me molesto en pensar. Me cuesta leer, me cuesta escribir, me cuesta salir de la cama cada puta mañana para enfrentarme a un presente al que parece no tengo mucho que ofrecer.

Me cuesta mirar a los demás a los ojos y reconocer que forman parte del tedio en el que me he convertido. Yo entera. Un amasijo de tristezas que ya no buscan salir del pozo. Que se han acomodado en su oscuridad y se acurrucan en su propia melancolía.

¿Qué me falta? Preguntarán los que me conocen. Los que me ven por fuera. Los que consideran que tengo todo lo que puedo esperar. ¿Qué me falta? Me pregunto a menudo. Resistencia, supongo. Fuerzas para soportar la mentira en la que mis expectativas han convertido mi vida. Quería saber y me arrepiento de saber tanto. Me duele verlo todo tan claro. Me jode, sí, que el tiempo me dé muchas veces la razón y que cuanto más conozco a las personas, más miedo y asco me dan. Incluida yo misma.

Me faltan agallas y tragaderas para no sentirme nauseabunda por formar parte de esto a lo que llamamos mundo, gobernado por los peores y plagado de una lucha constante por convertirse en ellos, estar en su lugar y aplastar a otros. Mentir a otros. Robar y engañarlos como si fuesen estúpidos y como si una fuerza suprema les hubiese erigido responsables de “gestionar” las pobres almas del planeta. Llamemos fuerza suprema a cualquier dios o a una masa desinformada y con escasa capacidad crítica que perpetúa formas de funcionar arcaicas e injustas.

Me da miedo la poca esperanza que tengo en la humanidad, reflejo de la poca esperanza que tengo en mí misma, que en una situación de evidente abuso no soy capaz de plantarme con mis principios por delante. Excusas, miles. Válidas, ninguna. La falta de alternativas no debería ser un motivo para la ausencia de lucha. Sin embargo, no lucho. No creo, por desgracia, que nada vaya a funcionar porque no tengo carisma para convencer a los demás de mis hipótesis y metodologías para convulsionar una situación que, en mi opinión, no se soluciona paulatina y evolutivamente. Cuarenta años de falsa democracia, con todos los cargos públicos de todos los colores lucrándose a costa de los ciudadanos, lo acreditan.

Por otra parte, las teorías que los demás apoyan mayoritariamente nunca me han convencido. Y difícilmente lo harán. Creo que se pueden establecer mecanismos útiles y eficaces  en lugar de perpetuar formas de funcionar arcaicas, pero no interesa hacerlo. Así que me mantengo en ese limbo que para mí es sinónimo de mi escepticismo hacia la forma de funcionar de la realidad externa más cercana, a mayor y menor escala. Aislándome cada vez más de mis semejantes porque los únicos momentos en los que me siento cómoda son aquellos en los que más de una sustancia me hace estar desinhibida e interpreto mi mejor papel de “enrollada”. Por fuera hay que encajar en ciertos patrones que para nada se corresponden con los que se profesan por dentro, porque no se ha trabajado en inculcar y hacer respetar esos valores. Cualquier acto de altruismo me parece sospechoso de interesado. Desconfío absolutamente de todo. De todos. Hasta de mí misma y de lo que soy capaz en las circunstancias adecuadas. Como todo el mundo.

arena

Image: Pawel Kuczynski

22.12.2014
Amets

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