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1984. Las temibles utopías literarias no son, en realidad, utopías. Campan a sus anchas entre las tinieblas de esta realidad desoladora, que supera las peores pesadillas de los mejores escritores. Abstracto y poderoso fantasma que parece haber saltado de un libro. Una especie de frío déjà vu me insinúa que lo que parece una broma macabra, más propia de una película cutre de violencia, es una triste rutina que parece volver. Que tal vez no se haya ido nunca.

Es lo que más me asusta, sentir que en realidad nunca ha dejado de ocurrir. Saber que es muy fácil manipular la verdad, más aún las conciencias de zombis andantes, preocupados única y exclusivamente en no tener que preocuparse, en no tener que pensar. Adiestrados para creer con fe ciega lo que unos pocos interesados impongan desde arriba. Zombis porque no tienen vida, sus devenires por el tiempo responden a los intereses de aquellos que han decidido que el mundo les pertenece.

Caminamos entre sombras, recorriendo lugares apenas iluminados por chispas de verdad que languidecen al mismo ritmo que la humanidad, que parece no recordar ser humana.

“La voz del enemigo nos acusa, el silencio del amigo nos condena”
Amets, 26.01.2015

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