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Necesitaba expresar aquello que la quemaba por dentro. Aquello que deshacía sus entrañas. Aquello que la fustigaba al mismo tiempo que la acariciaba. Aquello que la había hecho esclava y ama. Aquello que la hacía temblar, llorar, vibrar.

Tenía que expulsar los fantasmas que la corrompían y la socorrían, las voces que la hacían dudar. Dudar de cada paso que daba en la vida.

Tenía que correr, escapar, luchar contra sus recuerdos. Quería desvanecer con un soplido aquella melancolía que la castigaba.

Pensaba en destruir todo lo que la rodeaba, todo lo que le hacía daño, todo.

Necesitaba sentirse libre de aquella pesada carga. Necesitaba sentirse dueña de sus segundos, de sus horas. Necesitaba dejar de amar aquello que odiaba tanto.

A lo mejor es que sólo necesitaba encontrarse. Comprenderse. Quererse un poco más, o un poco menos, todavía no lo sabía. Pretendía sentirse lejos y cerca, fuera y dentro… buscaba lo imposible.

Hacía tiempo que había descubierto una cosa: estaba hecha de una pasta diferente que muchas de las personas que conocía. En lugar de sangre tenía hiel, y el 50 por ciento de su cuerpo estaba constituido por sensibilidad, junto a otra mitad hecha de rabia. No respiraba oxígeno, sino tristeza. Y exhalaba melancolía y dolor. El desprecio había nublado su mirada, la desconfianza su sonrisa. Tan joven y tan cansada del mundo.

kandinsky

Kandinsky

Amets
14 de febrero de 2009

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