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Meterse directa en la boca del lobo.
A sabiendas. Consciente de lo afilados que están sus colmillos y lo desgarradores que son sus mordiscos.

Saltar a la hoguera y arder como las hojas de papel marchitas, crepitando con las palabras, casi  fundidas, una historia que parece la misma… Salvo por esos matices que chispean entre llamas, entre nombres, entre tiempos.

Lanzarse al vacío una vez más, sin cuerda o arnés alguno, creyendo tan firmemente, en ese primer instante, que vencerás a la gravedad que todo lo demás no importa, no existe, no duele.

Cerrar los ojos y avanzar a oscuras. Evitar la luz para que pueda brillar de nuevo ese anhelo que, polvoriento y agazapado en un rincón, se estremece al sentir el aliento del lobo en su nuca.

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3 pensamientos en “El lobo

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