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Hay días en los que ya no puedes más. En que las decepciones se atragantan y se niegan a pasar. En que la saturación es tal que te impide concentrarte en lo que se supone “tienes” que hacer. Momentos en que mandarías a todo tu alrededor a la mierda, suplicando que te dejen en paz. Que te olviden. Que te entierren en lo más profundo de la memoria y te permitan vivir tranquila, pensar tranquila, soñar tranquila. Son esos días (demasiados) en que coincide que el sol no asoma, que la cabeza duele, que el viento chilla y el agua molesta, molesta su frío contacto con la piel. Molesta ver las gotas aplastadas en la ventana de una triste oficina en lugar del ventanal de tu salón, emplazamiento idóneo para disfrutar de una tormenta, con la única compañía de la música.

Puede que esa música que otro ha elegido por ti. Alguien ausente, desconocido. Alguien al otro lado de la pantalla, de las ondas o los cables, alguien más allá de ti que sabe lo que necesitas. Hay veces que un desconocido te toca el alma como alguien que dice conocerte no sería capaz. A veces son simples coincidencias que, tarde o temprano, se muestran como tal. Otras, sin embargo se atisba una luz allí en lo más profundo de la esperanza perdida tantas y tantas veces… esos días en que parece posible renacer de las cenizas del mundo y sonreír. Dura un segundo, un instante, un momento, un orgasmo y… la voz se ahoga en medio de un suspiro mientras algo en ti se apaga sin garantía ninguna de volver a prender alguna vez.

Últimamente son muchas las horas que me siento fuera de cobertura, de lugar. Podría decirse que siempre me he sentido una exiliada en tierra de nadie, en tierra de otros. Siempre rodeada de un silencio aterrador que hiela la sangre. Como una vuelta a una infancia que preferiste olvidar, esto que llaman ciudad sin serlo me acecha hasta asfixiarme en su oscuridad.

Tengo ganas de desvanecerme, fundirme con las partículas de polvo que infectan nuestras vías respiratorias y desaparecer. Irme lejos de un lugar que mata poco a poco, de aburrimiento. Pienso en las experiencias que viví y que parecen sueños lejanos, desplazados por una realidad que asusta. Me gustaría creer las cosas que dice la gente. Las cosas que digo. Me gustaría creer que todos los sentimientos son buenos y todas las palabras amables. Me gustaría vivir en la utopía que mi cerebro se ha empeñado en construir, trozo a trozo, durante años. Me gustaría creer en ese mito al que llaman Dios, y que éste fuera bueno.

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