Home

Añoranza, aburrimiento, arrepentimiento, amor, venganza… a saber los mil y un motivos que le llevaron a arrastrarse. Deslizarse por el frío y sucio suelo del tiempo como un gusano o una babosa. Volver a la manzana que un día mordió y desechó. Volver queriendo recuperar su agujero.

Hermosa. Especial. Inteligente y extremadamente sensible, sufría cada segundo de sus días por perder precipitadamente el sentido de sus horas. Recordaba que, en su infancia, siempre había tenido las cosas más claras. Sin embargo, conforme pasaba el tiempo, se perdía en mil pensamientos, millones de sensaciones y dudas que le impedían sentirse segura. Llegó a la conclusión de que, a lo mejor, no sabía elegir. Y, tal vez, nunca aprendería a hacerlo bien. De niña, con su limitada aunque dura experiencia, había decidido ser fuerte e indiferente. Tal vez nunca pensó que la vida la obligaría a serlo hasta las últimas consecuencias. Se convirtió en una gran actriz por supervivencia.

Entendió que no podía ser ella misma en el mundo en el que existía. Así que camufló sus miedos bajo una impetuosa e irreflexiva valentía. Escondió su extrema sensibilidad tras una máscara de frialdad e indiferencia. Restringió sus lágrimas hasta hacerlas sólo suyas, sin espectadores ni causantes evidentes. Confeccionó una vida aparte del mundo, en una burbuja etérea de pensamientos, música y humo. Eligió, sin saberlo, la soledad eterna. Decidió que nadie podría llegar hasta ella. Reaccionaba mal si alguien intentaba arrancarla de los brazos de su amada, aunque asfixiante, soledad. Sentía pavor si alguien intentaba penetrar en la profundidad de sus pensamientos, si alguien quería conocer la totalidad de sus sentimientos. Huía de cualquier ataque a su intimidad, a su individualidad.

Durante mucho tiempo creyó que esperaba a alguien. Una persona especial que supiera amarla con locura, que lograra comprenderla y sentir su extrema sensibilidad. Un príncipe falso y azul, a lo Disney. Sin embargo, el tiempo y la experiencia le habían regalado muchas decepciones, tantas que había empezado a pensar que esa persona esperada era, tan solo, un producto de su imaginación. Un espíritu ideal que no podía materializarse en la cruel y absurda realidad. Así que dejó de esperar, de buscar. Los hombres se convirtieron en una necesidad física. De vez en cuando necesitaba que unos brazos la abrazaran, que unos labios la besaran… y entonces, recurría a ellos. No obstante, no podía entablar nada profundo con nadie. Se dio cuenta de que podía intercambiarlos con una facilidad abrumadora. Descubrió que las lágrimas que le provocaban sólo tenían que ver con su orgullo herido, y no con el amor perdido. Amor era para ella algo inexistente. Algo ideal, imaginario. Una ficción en la que la gente tenía que creer para sobrellevar el miedo a la soledad, a la muerte. Lo mismo que con las religiones, los dioses y demás. Una simple invención para paliar la eterna decepción en la que consistía la vida.

Él fue uno más en su larga lista de amantes. Amantes efímeros y fugaces, como un orgasmo o un punzante dolor de cabeza. Lo cierto es que constituyó un reto, debido a que parecía más inteligente que otros que había conocido. La experiencia resultaba más interesante que en otros casos, un poco más, al menos. Sin embargo, a veces la inteligencia racional está muy reñida con la emocional, y aquel muchacho era un inmaduro sentimental. Quería más sin ofrecer nada, sin querer entender que ella no se lo daría. No así, no sin más, no tan pronto, no tanto, no sin más respuestas por su parte.

El niño se cansó de no lograr conocerla, se hartó de que siempre fuese capaz de sorprenderle, se inquietó por su misterio y secretismo. Había intentado conseguir sus objetivos de muchas formas: jugando a la indiferencia, pasando a la pesadez, recorriendo todas las variantes que hay desde las continuas muestras de cariño hasta los peores recursos de intromisión y, poco después, evasión. Y ella, inmune a sus ataques, resultaba extremadamente molesta al permanecer indiferente. Serena y hermosa como siempre, sin importarle lo que él hiciera.  

De una forma cobarde e infantil, dejó lo que fuera que tuviesen ante la imposibilidad de obtener su dedicación exclusiva. E intentó olvidarla. No creyó que fuese a resultarle difícil, pues no solían coincidir. Aún así, en los momentos más inoportunos e inesperados, ella aparecía como una sombra amenazante y sensual en su cerebro. Pensó que, con el paso del tiempo, las visitas fantasmales desaparecerían. Era un hombre acostumbrado a conseguir lo que quería: si ella no se lo daba, no podía formar parte de su amueblada y planificada vida. No podía permitir que la locura de aquella muchacha estropease su próspero y prometedor futuro inmediato. Autoconvenciéndose de que dejar de verla era lo mejor, trató de sobrevivir los dos o tres meses que quedaban del año.

¿Por qué tuvo que hacerlo? Él no era de la clase de tíos que se arrastran. ¿Por qué tuvo que escribirle para decirle que la echaba de menos? ¿Por qué le propuso que se volvieran a ver? La humillación fue máxima cuando ella le rechazó. Y, sin embargo, rompiendo todos los esquemas que él se había marcado sobre sí mismo, no se dio por vencido. Insistió, e insistió, sin hacerse pesado pero sin desistir, hasta que tres meses después ella accedió a volver a verle. ¿Por qué? ¿Por qué le dejó compartir con ella aquel magnífico fin de semana? A saber los mil y un motivos que podrían haberla llevado a hacerlo: añoranza, aburrimiento, arrepentimiento, amor, venganza…

Ahora se encontraba en el mismo punto que antes. Ella, indiferente, contestaba a sus mensajes pero nunca le invitaba a verla. Él, furioso por haber vendido su orgullo, se debatía entre si volverla a llamar o no hacerlo. Rabioso por haberse arrastrado de nuevo hasta aquella maldita bruja que, a pesar de parecer indiferente, fría e interesada, le hechizaba de una manera extraña y extrema. Convencido de que nunca conseguiría lo que quería de ella, ¿por qué había vuelto arrastrándose?

Añoranza, aburrimiento, arrepentimiento, amor, venganza… a saber los mil y un motivos que le llevaron a deslizarse por el frío y sucio suelo del tiempo como un gusano o una babosa. Volver a la manzana que un día mordió y desechó. Volver queriendo recuperar su agujero.

dali relojes

Imagen: Salvador Dalí ;p

14.03.2009
Amets

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s