Home

….

Sentada en aquel taburete ni siquiera se preocupó de mantenerse erguida, cogiendo su cabeza entre las manos se sostuvo sobre la barra gracias a la inestimable ayuda de sus codos, cual estudiante exhausta.

Después de unos minutos de largos tragos y autocompasión se dedicó a observar a los cuatro solitarios que, como ella, compartían aquel espacio tan íntimo y paradójicamente cercano a un verdadero bullicio de gente. Sólo había otra mujer, de unos 60 años, sentada en una mesa pequeña al lado de la chimenea, al fondo del bar, con una copa de algo que a Verónica le pareció (o le quiso parecer) vodka. Por su atuendo creyó que era una mujer extranjera, de un país más bien frío. Vestía ropa cara y lucía con orgullo un espeso abrigo de pieles junto a un gorro peludo y ladeado sobre su excesivamente rubia cabellera. Poco discreta en cuanto a joyería, su cuello parecía la entrada a un parque temático y sus orejas un par de atracciones. La reluciente señorona hacía rato que ya se había fijado en Verónica, que acaparaba el resto de miradas del bar, todas masculinas. Aquella mujer imponía. Sus ojos, fríos y serenos, parecían dispuestos a aceptar (o proponer) cualquier reto. Verónica no se atrevió a sostenerle la mirada cuando éstas se cruzaron.

En una mesa un poco más grande y más cerca de la barra se sentaba un joven con vaqueros y una camisa negra medio abierta. A Verónica le extrañó que le hubiesen dejado entrar con ese atuendo, pues los otros tres hombres que se hallaban repartidos por el local, todos pasando la cuarentena, vestían traje, bebían caro y fumaban puro. Aquel “forastero” (solamente la palabra ya excitaba a Verónica) bebía el whiskey más barato del bar y era visiblemente más joven y desaliñado. Fumaba unos cigarrillos que despedían un extraño olor y parecía estar revisando notas, o cuentas, en un desgastado cuaderno.

Verónica se pasó cinco minutos seguidos observándole fijamente, ante la atenta mirada de la pomposa abuela del fondo del bar. Era un muchacho atractivo, con una corta y desgreñada melena de color miel y aquella punzante pero irresistible barba de tres días. Él no levantaba la vista de aquel cuaderno, lo que intrigaba todavía más a Verónica, que imaginaba leía un diario secreto, algún descubrimiento literario, si no importante al menos interesante.

Uno de los trajeados se levantó de su mesa y se sentó en un taburete junto a la esposa del ingeniero en telecomunicaciones. Pidió un gin-tónic y “otra copa de lo que beba la señorita”. “Me gustaría animar la tristeza de una joven tan hermosa”, espetó con tono dulzón mirando a Verónica.

“No creo que mi marido se lo permita durante mucho tiempo”, contestó Verónica, ¿juguetona, chistosa?

“No la veo en absoluto acompañada…”, el señorito parecía confuso y miraba a su alrededor, temiendo tener que enfrentarse por sorpresa a algún joven musculoso.

“Es aquél de allí, el del cuaderno.” Verónica señalaba con una mirada cariñosa al joven de aquella mesa tan, tan cercana que, si el muchacho hubiese querido, incluso habría podido escuchar la conversación de la pareja de la barra. Pero estaba absorto en las páginas de aquella libreta y no había levantado la mirada ni una sola vez. El del traje azul marino y corbata lo miró sorprendido…

“¿Y por qué está allí y usted aquí sola en la barra?”

“Es un juego”, contestó Verónica con una sonrisa declaradamente perversa.

“¿Qué clase de juego?”, al trajeado le podía más la curiosidad que la humillación de poder ser engañado.

“Un juego que tenemos, no creo que tenga ninguna obligación de explicárselo. De todas formas, le advierto que lleva demasiado tiempo junto a mí. Debería volver a su mesa.” Quién sabe si fue la seriedad con la que hablaron los ojos de Verónica o lo irónicamente cruel de su educada sonrisa, lo cierto es que el trajeado volvió a su mesa sin replicar, aunque no dejó de echar una última mirada al joven del cuaderno ya que, desde su mesa, quedaba fuera del alcance de su vista. No así la sensual espalda de Verónica, a la que no dejó de mirar en toda la noche, esperando insistentemente verla junto a su supuesto marido.

Tras dos whiskeys su cabeza iba revolucionada unos cuantos voltios de más. Sabía que mantenerse erguida sobre la barra era una prueba de fuego que la salvaría de todo miedo al ridículo… una superación suprema. Sostenerse sobre aquel taburete equivalía a caminar por una frágil cuerda a no sé cuántos metros de altura. Así que lo intentó… espalda recta y, poco a poco, a separar las manos de la barra, a separar y estirar los brazos y… casi, casi, a volar como un ave, como una mariposa… Y mientras volaba en aquél taburete, ante la divertida y sorprendida mirada de los asistentes, la puerta que comunicaba con el restaurante se abrió y apareció Marc, su querido Marc. Cuando la vio volar corrió a refugiarla entre sus brazos, para que no se le escapara por el oscuro cielo nocturno, pues sabía que Verónica sería capaz de volar hasta la luna simplemente para sentarse en una de sus puntas un día de cuarto creciente, o cuarto menguante, y balancear las piernas cruzándolas sensualmente de tanto en cuanto.

hadas y luna

Marc quería llevarla de nuevo al restaurante, el resto de comensales de la mesa estaba preocupado por ella, había sido una desconsiderada por quedarse en el bar… Verónica no escuchaba, tras la dolorosa pérdida de sus alas sólo las lágrimas acudían en su consuelo, amenazando con suicidarse desde sus ojos y desparramarse por sus mejillas. Pero debía volver a ser una señorita y mantuvo la presión del llanto tras sus párpados, con el resultado de unos ojos hinchados y rojos.

No lloraría pero tampoco cedería, Verónica lo tenía claro. No pensaba volver al restaurante, al menos en un rato, cuando las mesas estuviesen recogidas y el baile empezado, no tenía ganas de soportar la estúpida e hipócrita conversación de las mujeres ni la pedante arrogancia de los hombres.

Sonó sorprendentemente serena a pesar de las circunstancias. Marc dudaba. Sabía que no la convencería de volver al restaurante, sabía que él no podía abandonar a los comensales de aquella importante mesa pero tampoco se atrevía a dejarla sola en aquella barra… ¿qué podía hacer? Decidió que lo correcto, y lo fastidiosamente sensato, era regresar a la mesa y disculparse con sus jefes alegando que Verónica se encontraba indispuesta por lo que se marchaban a casa. Así que le pidió a su mujer que esperase un momento sin moverse, que volvería enseguida. Besó a la joven en la mejilla y se zambulló de nuevo en el bullicio del restaurante. El trajeado miraba a Verónica sin comprender… ¿quién era el joven que la había abrazado y besado hacía un momento? Todo ante la mirada de su supuesto marido… la cabeza del ejecutivo cuarentón trataba de procesar la información sin entender una mierda. ¿Acaso formaba parte del juego?

Verónica se levantó del taburete y se dirigió a la mesa del joven del cuaderno. Se sentó junto a él y, por primera vez en toda la noche, éste levantó sus profundos ojos verdes y sus miradas coincidieron. No se dijeron nada durante al menos un minuto, solamente enlazaron intensamente sus ojos y, poco a poco, sus manos buscaron enlazar de igual manera sus dedos. Ella se inclinó sobre la mesa y acercó sus labios a su oreja izquierda, le susurró al oído que se escapase con ella a mirar la luna. Los dos jóvenes corrieron hacia la puerta del bar, ante la asombrada mirada del camarero que no entendía qué pasaba con aquella chica. Corrieron aún después de haber salido del bar. Corrieron y se escondieron por los jardines que parecían laberintos de hojas y ramas. Se tumbaron en una colina a mirar las estrellas, agarrados de la mano. Él la besó antes siquiera de revelar su voz. La besó y le mordió el labio inferior de su sensual boca, mordió su cuello y la estrechó entre sus brazos más de una vez bajo aquella estrellada noche sin luna. Después hablaron de literatura. De muchísima literatura. Y cuando despuntaba el sol por el horizonte Verónica le dijo que tenía que marcharse y, envolviéndole en un intenso beso, se despidió y se fue corriendo, tal y como había llegado, pero sin el joven poeta de la mano.

Cuando Verónica llegó a casa Marc estaba dormido en el sofá, con la música puesta en el salón, probablemente había pretendido esperarla. Prefirió no despertarle y, descalzándose, avanzó sigilosamente por el pasillo hasta llegar a la habitación. En el lavabo se desnudó y se dio una purificante ducha. Iba a tumbarse para dormir cuando algo dentro de ella la hizo saltar del lecho y correr hacia uno de los cajones de la cómoda. Cogió un viejo cuaderno, una libreta que no abría desde hacía por lo menos dos años… o más. Escribió la excitante historia de aquella noche y durmió, contra todo pronóstico, como un bebé. Un bebé adúltero y todavía ligeramente borracho, pero con una sonrisa en la boca. Y soñó que, tras años de encierro en una cárcel de oscuridad, resurgía de entre las tinieblas con un bolígrafo en la mano dispuesta a sumergirse en ese luminoso caos que le prometía material para sus páginas, experiencia para su bolígrafo y un excitante colorido para decorar su vida.

frase-con-la-libertad-las-flores-los-libros-y-la-luna-quien-no-seria-perfectamente-feliz-oscar-wilde-151609

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s