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Decir que todo le daba absolutamente igual sonaba melodramático y catastrófico, así que optaba por el típico “sí, bien, como siempre” que, aunque fuese una de las mentiras más gordas, siempre resultaba indiferente a quien la escuchaba… al fin y al cabo, ¿qué le importaba a nadie cómo estuviese?

Bien o mal, no podía negarse que estaba. Estar, aunque un poco ausente, estaba. Con su vestido negro y ceñido que marcaba unas curvas que intentaban desesperadamente parecer las de antes. A lo mejor simulando una sonrisa que era más bien una mueca, un gesto aburrido y desganado. Como era una señorita, no se permitía bostezar, aunque tuviese ganas. Otra de las reglas era no beber ni fumar demasiado, pero siempre se la saltaba, lo que no era difícil teniendo en cuenta que no dejaba de asistir a fiestas de aniversario y banquetes en conmemoración y ceremonias de apertura y clausura… en fin, actos varios con barra libre.

Nunca le faltaba compañía ni conversación, aunque cuando cualquiera de las dos se tornaba demasiado intensa, su marido no tardaba en aparecer y agarrarla por la espalda, mordiendo el hueco entre su cuello y su hombro, cual perro marcando territorio en una esquina.

Marc, su marido, era un apuesto joven recién entrado en la treintena que disfrutaba de una situación más que favorable en una importante multinacional. Era ingeniero en telecomunicaciones y sus compañeros de facultad solían bromear diciendo que todas las empresas “se lo rifaban”.

Verónica no era nada. En fin, era su mujer, un poco más joven, hermosa y hasta cierto punto inteligente… hasta cierto punto porque estaba convencida de que había perdido muchas neuronas a fuerza de no usarlas, con el paso de los años. Cada día, podría incluso decir que cada segundo, se sentía un poquito más estúpida, más atontada… más cómoda entre las apelotonadas masas, lo que no sólo la angustiaba, sino que la avergonzaba. Era cierto que en un pasado no tan lejano había tenido sueños y ambiciones. Había querido, sin conseguirlo, ser una escritora; pero se convirtió en una filóloga doctorada en literatura. Era un genio de las letras. Lo que pasa es que nadie la encontró y ella no supo dejar encontrarse. Y, así, fracaso tras fracaso se convirtió en nada, en su mujer. Ni filóloga, ni literata ni nada… simplemente la atractiva y elegante mujer de un ingeniero en telecomunicaciones. Al menos, qué gran consuelo, le quedaba eso, la “atractiva y elegante mujer”.

Aquella noche se presentaba un dispositivo ultramoderno fabricado por la empresa de su marido. Mentiría si dijese que estaba interesada en aquellas estupideces de última generación… Verónica, poco amiga de las redes sociales y de la socialización en general, se sentía un cromañón entre los colegas de su marido, con sus conversaciones de la era digital. A veces pensaba que ella se había quedado estancada en una etapa todavía anterior a la analógica, en aquella en que era necesaria la tinta y un papel para plasmar las palabras. De todas formas, sentirse incomprendida la hacía de alguna manera creerse protegida. Estupideces del ser humano.

Habían cenado en la mesa importante como invitados de honor, gracias a Marc. Habían compartido entrantes, primer y segundo plato y postre con la junta directiva de la empresa. Verónica esperaba ansiosa la copa y Marc seguía vendiéndose y alabando su trabajo con mucha discreción y sutileza, como siempre. Le pareció de mal gusto saltarse el café y pidió uno con Baileys, para la sorpresa de las mujeres de la mesa. En aquel momento, la esposa del ingeniero en telecomunicaciones habría querido soltar, entre varias carcajadas, que se asustarían más después, cuando pidiese un whisky de 12 años a salud de sus maridos… no obstante, consideró que no era el momento ni el lugar y permaneció callada, mucho más guapa, esperando su café.

La conversación durante toda la cena había sido monopolizada por los hombres, relegando a las mujeres a un mero papel de observadoras. Habían hablado sobre las estrategias empresariales a seguir en el contexto de la situación actual, sumidos en una crisis general de la economía. Habían repasado las magníficas cualidades de su último dispositivo ultramoderno y lo comparaban con la campaña china, tratando de adelantarse al gigante imparable. A Verónica la economía le interesaba un rato, un rato incluso largo, pero dependiendo del día no podía soportarla más de un segundo. Y aquella noche era una de esas ocasiones en las que prefería mantener la boca cerrada pues ni la economía, ni los pechos de silicona o el botox, le interesaban lo suficiente. Quién podría negar que hubiera preferido perderse entre los árboles del inmenso jardín de la villa-hotel leyendo un libro, en lugar de permanecer encadenada a esa silla, dentro de aquel pomposo salón y sin encontrar una sola voz que la salvase de la desolación absoluta. A veces creía que le gustaba demasiado el rollo melodramático, la soledad rodeada de gente… en fin, se aburría.

Los hombres ya se habían cansado de la charla intelectual y habían pasado a un distendido debate sobre le sensualidad de varias actrices en determinadas películas de acción. A Verónica le habría encantado poder participar en esta conversación, pero las mujeres de la mesa requirieron su atención a voz en grito… ahora que sus maridos se habían cansado de acaparar la atención con sus profundas e hipnotizantes voces les tocaba a ellas, gallinero al poder. Cacareaban sobre pañuelos y vestidos y uñas y estupideces varias, desde colores de maquillaje hasta el cotilleo de la mujer del secretario. Aunque Verónica sí tenía un lado cotilla, siempre lo explotaba con sus amigas, pues con ellas siempre se reía (se criticasen unas a otras o a cualquier ajeno). Sin embargo, en aquella mesa los chismes eran dardos envenenados que podían costarle el puesto a más de una jovencita administrativa o a cualquiera de las becarias del departamento de comunicación. No podía negar que sentía envidia por los cuerpos jóvenes de aquellas niñas, pero había visto cómo los celos (justificados o no) de aquellas “directivas en la sombra” habían conseguido degollar la carrera profesional de ciertas muchachas especialmente atractivas. Y, se mirase por donde se mirase, no era justo. Así que prefería no participar en esas conspiraciones teñidas del glamour de una cena elegante, vestidas con bonitos trajes e impregnadas de ese tufillo a hipocresía y crueldad infantil.

Marc siempre la regañaba por no “integrarse” lo suficiente con sus con sus jefes y sus mujeres y amantes y subordinados, etc. Verónica siempre replicaba que lo intentaba, pero que resultaba muy difícil…

Especialmente difícil aquella noche. Tras el café con Baileys se disculpó diciendo que tenía que ir al lavabo. Pero en lugar de dirigirse a los aseos del restaurante, abrió la puerta que comunicaba con el bar y terminó sentada en la barra, pidiendo un whiskey con hielo. No se sentía culpable por no compartirlo con sus compañeros de cena, no lo merecían.

….

peace2

Image: Pawel Kuczynski

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