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Como caminar en círculo. Tratando de avanzar pero sin conseguirlo. Recorriendo una y otra vez los mismos parajes. Da igual si rápido o despacio. Solamente una espiral infinita, sin centro fijo, que recorre la misma trayectoria ampliando el radio de las emociones… cada vez más dolor, cada vez más amor… pero nunca suficiente. Nunca lo bastante, ni para parar ni para seguir.

Siempre en un punto intermedio entre el deseo y el odio. Siempre buscando venganza tras la reconciliación, reconciliación tras la venganza… Siempre esperando menos o esperando más. Nunca conforme. Nunca satisfecha.

Y sus recuerdos entre sueños la conducen de nuevo a aquella habitación que hoy extraña. Aquel rincón de Les Corts que la sumía en una inestabilidad vertiginosa, amarga y dulce, que no quiso prolongar aunque aún hoy es incapaz de olvidar.

No tiene valor para moverse. Casi no se atreve a respirar. Teme que un pequeño movimiento, un leve suspiro, pueda despertarle. Se acurruca bajo las sábanas, esperando sin esperanza que él deje caer el peso muerto de su brazo sobre su cuerpo. Contiene un sollozo mientras una lágrima muda se desliza por su mejilla.

Él no está dormido. Todavía no. Siente su respiración, demasiado suave. No se atreve a girar la cabeza, pues el roce de su pelo contra la almohada puede molestarle. No lo ve, pero sabe que le está dando la espalda, su magnífica espalda. Casi prefiere no poder verlo, porque de lo contrario a lo mejor no podría resistir la tentación de besarlo en un hombro, o en el medio de la espalda, o en la nuca.

No alcanza a descubrir qué tiene que la derrite cuando acerca su boca a su cuello, y susurra que está preciosa tan seria, y empieza a besar el lóbulo de su oreja… qué tiene que la vuelve loca, que la incita al abandono total en pos de su boca, que recorre su cuello, mordisqueando el camino que hay hasta sus labios… qué tiene que todo lo que odia de él se esfuma de su mente, y logra que se pierda en su cuerpo.

Cierra los ojos. Quiere dormir. Al menos, quiere intentarlo. Pero necesita escuchar su respiración profunda, sometida al sueño. Incluso prefiere escucharlo roncar que saberlo dando vueltas en la cama.

Él no la toca. Ella no puede tocarlo. Casi no puede moverse, ni siquiera se atreve a respirar. ¿Se quedará sin aliento? ¿Se olvidará de inhalar y exhalar oxígeno? ¿Tendría importancia?

* * *

Despierta en su cama. Él la abraza. Ella se despereza. Él se despierta. Ahora es él quien ve una espalda. Qué tiene que ese beso en la nuca, después de susurrar ‘¿has dormido bien, preciosa?’ que inunda su mirada de lágrimas; y, tendida de espaldas a él, cierra los ojos, reprimiéndolas y deseando un imposible, deseando que sea él, el definitivo, el príncipe de los cuentos de hadas.

Pero no lo es, porque ella no le deja. Y su orgullo herido se levanta con él tras su silencio.

Y su miedo a admitir que ella también le quiere los aleja un poco más cada vez que se acercan.

Y el círculo vicioso en el que se han sumido seguirá dando vueltas, arrastrando sus vidas, hasta que uno de los dos firme, de una vez, la rendición.

Amets, “Cuestión de sexo y orgullo” 2010

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