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Esto tiene que terminar. Esto tiene que empezar de nuevo.

Como siempre, me puede la nostalgia y cierta sensación familiar, como un nudo de lágrimas, se acomoda en mi garganta. Siento cómo sus vapores ascienden lentamente hasta mi cerebro, nublando mis pensamientos. La echaba de menos. Mucho de menos.

Siempre he sabido que soy demasiado sensible para este mundo. No puedo mirar alrededor sin atisbar toda la melancolía que esconde en cada rincón. Y descubrir esa tristeza, enraizada en la esencia del ser humano, me angustia demasiado. Me provoca una sensación de pérdida y vergüenza que he intentado esconder tras mis párpados… yo, que dije que nunca cerraría los ojos, he vivido sin abrirlos. Y ahora, que vuelvo en mí, la tristeza tiñe de nuevo mi mirada, como si fuese un color más, pasa casi desapercibida. Sólo se aprecia, si observas fijamente, un ligero brillo, diferente al que ilumina unos ojos excitados, diferente al de la curiosidad. Es, simplemente, el reflejo de una minúscula gota de agua, cristalina y permanente, en el lacrimal.

Yo, que alardeaba de poetizar en prosa, aunque sólo fuese para mí misma, he dejado de hacerlo. Y el miedo podría ser un motivo, pero la indiferencia y el hastío son los culpables. Y yo. Y toda la mierda que hemos dejado que nos rodee. Me creía inteligente y me convencieron de apuntarme a un doctorado en mediocridad. Me sentía única y he dejado que me confundieran con el resto. Y no soy como el resto.

Vivir siempre a la sombra del conjunto, de las odiosas comparaciones que nos incluyen dentro de un grupo u otro al que nunca terminas de pertenecer, en una jerárquica escala donde el que está más alto es, probablemente, el que menos integridad e inteligencia tenga. El mundo, en el siglo XXI, es de los pícaros. Y la picaresca, asociada a grandes novelistas, se pasea a sus anchas por los amplios pasillos de los elegantes palacios donde ya no habitan tantos reyes, aunque sigan quedando monarquías, sino ciertos personajes que se hacen llamar “políticos” a pesar de que están más que alejados “de los ciudadanos”.

Caminan como si fuesen estrellas del rock o reputados ensayistas con ideas increíbles, aunque jamás han grabado un disco ni escrito un libro, probablemente ni siquiera lo hayan leído, rodeados de las fuerzas de seguridad y periodistas a los que se toman la libertad de no responder, como si no debiesen nada, ni una explicación, a la opinión pública, a “los ciudadanos” a los que deberían representar. Sin su confianza depositada a través de las urnas no caminarían sobre alfombras rojas, ni podrían permitirse el lujo de encargar retratos de sí mismos pintados al óleo, gastándose un dineral que no han ganado, para vestir las paredes de los inmensos y fastuosos salones, que tampoco pagan, donde pasan un par de horas al día.

No soy la única que encuentra ilógicas muchas cosas y que sigue sin entender cómo unos pocos pueden someter a otros tantos. Cómo se puede avanzar tanto en unas cosas y, sin embargo, permanecer estancados en ciertas convicciones que resultan a todas luces incoherentes. Cómo, si está estipulado por ley universal, eso que llaman derechos humanos, que todos merecemos el mismo trato sólo por ser personas, unos disfrutan de ciertos privilegios y otros no. No hablo sólo de ricos y pobres, hablo de que si hay leyes que pueden controlar lo que yo fumo o dejo de fumar, bebo o dejo e beber y dónde, la velocidad a la que debo conducir mi coche… con la excusa de que son normas necesarias para funcionar, no comprendo por qué no se controlan de la misma manera cosas mucho más dañinas para el grueso de la población, no sólo para mi cuerpo o mi salud mental, como la corrupción.

Cómo puede parecer tan normal que personas que especulan con el precio de los alimentos y otros enseres de primera necesidad y, supuestamente, recogidos en esos derechos humanos, como la vivienda “digna” y otras hipocresías varias, no tengan ningún impedimento ni legal ni económico para jugar a las casitas con el presente y el futuro del mundo. No entiendo cómo hemos llegado a que la burocracia nos atrape una red de mentiras y engaños donde nosotros siempre salimos perdiendo. Nosotros, los que trabajamos para vivir sin meternos con nadie, tenemos que pagar las meteduras de pata de los que nos gobiernan y de sus aliados. Nos toca pagar los platos rotos, siempre. Pero, en lugar de sustituir a estas personas por otras, intentando que sean más íntegras y competentes la próxima vez, en una mal llamada democracia, pues el pueblo es el último soberano, permitimos que se vayan a otra entidad, con una indemnización millonaria, sin asumir ningún tipo de responsabilidad por haber gestionado mal un dinero que no era suyo y guardarse bajo el colchón lo que se ha podido salvar de  la quiebra en lugar de devolverlo a sus verdaderos dueños.

Porque lo triste es que aquellas utopías futuristas que describían una vida absolutamente controlada, como Aldous Huxley en Un Mundo Feliz o George Orwell en 1984, son nuestra época actual. Y no podemos ni comprar un libro sin que nos fichen. Y eso del libre albedrío sigue siendo cosa de la literatura romántica, y la ficción, porque han terminado determinando cada segundo de nuestra existencia, han decidido por nosotros cuánto tenemos que trabajar, cuándo y cuánto vale nuestro tiempo y nuestro trabajo, nuestras ideas; han estimado oportuno que nos hipotequemos toda una vida por un pequeño espacio cerrado al que esperan consideremos hogar, y no prisión; han permitido que nuestros hijos quieran más a sus profesoras y a sus abuelos, los niñeros del siglo XXI, pues no ven a sus padres en todo el día. Han dejado que un gran número de jóvenes tremendamente preparados, a pesar de la nefasta educación que se recibe últimamente, pierdan todas sus ganas e iniciativas hundiéndoles en una espiral de fracaso y decepción. Haciéndoles sentir que el tiempo dedicado a formarse, a cultivarse, a pensar y a ser críticos con la realidad no ha servido para nada. Tal vez para escribir literatura. Dejarán que nuestro espíritu inunde el mundo cuando todos los dinosaurios se hayan extinguido, a una más que avanzada edad, cuando nosotros seamos también demasiado viejos y estemos cansados y hastiados tras ser pisoteados y menospreciados durante mucho, mucho tiempo. Y así, éste será siempre un país viejo, y cansado, y atrasado. Y aquellas mentes que valgan la pena, y probablemente otras que no lo valgan tanto, encontrarán sitio, apoyo y ánimos en otro lugar, en el que no se asfixie su inspiración.

No sé cual es la salida, excepto escapar a otro planeta, quizás a otro universo.

No confío en el ser humano, no confío en que salgamos de ésta como no hemos salido de nada. Sólo obviamos el problema real hasta que explota. Y entonces nos peleamos por lo que ha quedado tras el desastre. Somos animales carroñeros, nos lo demuestra la historia, nos lo demuestra el presente.

Nos lo muestra cada día el incremento del morbo ante el dolor, el sentimentalismo empalagoso y espectacular que protagoniza los informativos, o el top ten de los programas, conocidos como reality shows,  más vistos en este país. Podríamos haber relegado a un segundo plano la ley evolutiva de supervivencia de Darwin y habernos ocupado en cultivar nuestras mentes para intentar convivir en paz unos con otros, compartiendo lo que teníamos. Somos los únicos que poseíamos el instrumento, en nuestra propia cabeza, en la singularidad de nuestra complejidad cerebral, para haberlo conseguido, o al menos para intentarlo. No obstante, hemos exaltado el espíritu competitivo al nivel de la razón, más allá del puro instinto, y de ahí nace el odio, surgen la rabia y los deseos de venganza, de ahí vienen la avaricia y la sed de poder, de control. Así nacen los dictadores y los sumisos. Así sobreviven el engaño, la mediocridad y la censura. Así se extinguen, de todo menos sutilmente, el ingenio y la singularidad.

Así se llega, en fin, a avergonzarse de la propia especie.

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