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A pesar de los latigazos que sentía en el cerebro, allí estaba. Perdiendo el tiempo para recibir algo a final de mes. Una suma que, a estas alturas de la vida, no llegaba ni para pagar gastos superfluos. Una cantidad que no se había puesto a la altura del llamado “nivel de vida”, un concepto ambiguo y traicionero.

Algunas de sus neuronas sufrían dolorosos espasmos frente al parpadeo de la pantalla del ordenador, con ese brillo que poco a poco destrozaba la escasa visión que le quedaba. Sí, cobraba algo a final de mes, por lo que era una privilegiada aunque el sueldo no le llegase para vivir. No formaba parte del 25% de la población parada ni del 57% de jóvenes sin encontrar su primer empleo. Tenía un trabajo, un trabajo “de lo suyo”, por lo que daba igual haber pasado un año entero sin vacaciones, metiendo más horas de las que figuraban en su contrato de auxiliar administrativa, (aunque las labores que realizaba no fuesen, ni de lejos, administrativas), y sin que se las pagaran. Porque, aunque no le pagasen las horas extras, ni algún que otro sábado, ni algún que otro viaje con vuelta a las 23.00 de la noche después de todo el día de trabajo, ni la titulación adquirida para realizar el trabajo que hacía, ni la responsabilidad que tenía en su labor diaria… no podía quejarse. Desde luego, podría estar muriéndose de hambre.

Tras más de dos años en aquel lugar, con un equipo que le impedía hacer la mayor parte de su labor, al menos se la impedía hacer con la facilidad que hubiese aportado el utilizar las herramientas adecuadas, unido al escaso material del que disponía y el “cómodo” espacio de trabajo en el que se tenía que mover, la habían hecho concluir que el intenso dolor de cabeza que la gobernaba desde hacía varios meses debía estar motivado por un cúmulo de efectos de las terribles incomodidades, y falta de motivación, a las que se enfrentaba cada día.

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La silla no dejaba de chirriar a cada movimiento de su cuerpo. Chirriaba cada vez que giraba ligeramente el cuello o la espalda, chirriaba cuando estiraba el brazo izquierdo para coger el teléfono, cuando intentaba cruzar las piernas e, incluso, cuando respiraba. Chillaba al compás de la mesa cuando trataba de acercarse a la pantalla del ordenador. La mesa, repleta de papeles y cuadernos y notas de varios colores, tenía unos paneles metálicos a modo de mampara inútil que sonaban como el típico gong chino cada vez que una pierna se le escapaba en uno de esos chirriantes intentos de cruzarse con su compañera.

Los ojos se le irritaban siempre después de comer, cada vez le molestaba más el contraste entre la luz tipo hospital, que hacía reflejar las mesas y afectaba a la claridad de la visión de sus lentillas, y la todavía radiante luz solar que se reía de ella al otro lado de la ventana.

Un teléfono, en algún lugar no muy lejano, sonaba insistentemente sin hallar respuesta.

La misma canción, o eso parecía, se reproducía sin parar y a todo volumen en la misma emisora de radio que cada día hacia de banda sonora, súper original, de la oficina. Demasiado estrecho para una mente abierta. Demasiado cerrado para la amplitud de miras e ideas. Si aquello sólo la desconcentrara y la estresara, al menos podría hacer su trabajo e irse a casa. No obstante, desde hacía unos meses, no demasiados, aquello había llegado a exasperarla. Sabía que no tenía solución, que no había otra opción que no fuese aguantarse, con una sonrisa bien bonita, y bien fingida, y seguir dando las gracias.

Dar las gracias por la nueva élite de trabajadores entre los que le habían reservado un hueco, nueva clase que, en realidad, no suponía nada nuevo. Aunque, cómo no, mejor eso que nada. Mejor tener sitio en una esquina de la esfera de los esclavos modernos que en la cola de Cáritas, of course.

Esclavos inteligentes y formados.

Esclavos con las ideas muy, muy claras y el miedo a flor de piel.

Esclavos con la ausente dignidad de todo esclavo. Esclavos de la supervivencia.

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