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Creo que es una de esas ambiguas enfermedades mentales, pero no lo tengo claro. Algo así como una constante sensación de malestar, un sentimiento que se cuela entre las células, invadiéndome entera. Es algo más allá del puro dolor físico, aunque también duele. Siento que voy muriendo poco a poco, por su culpa. Siento que voy cayendo poco a poco, por su causa.

Se empeña en disfrazarse de normalidad y, de tan real que parece su atuendo, nadie se ha preocupado de buscarle vacuna ni cura alguna. Es un mal irremediable de la humanidad, ¿qué se puede hacer? Hay quien vive ignorándola. Yo soy demasiado… no sé, demasiado lo que sea para ignorarla. Dicen que ataca más ferozmente a las personas fuertes de espíritu, aunque no lo sé con certeza, porque a mí me hace sentir débil, muy débil.

Hay días que ni siquiera me levantaría de la cama. Horas y horas que pasaría sin abandonar el dulce y cálido refugio de las sábanas… aunque también ahí me ataca, me duele. No puedo escapar de ella, yo no. Da igual dónde quiera esconderme, da igual quién me rodee o a qué dedique mi tiempo. Ella no me deja, ni a sol ni a sombra, ni durante el día, ni bajo la luna, ni dormida, ni despierta… Está siempre ahí, acechando, vigilando, destruyendo con su esencia la comunicación.

Hay momentos en que la presión que ejerce sobre mí es tan fuerte que no puedo contener las lágrimas. Por más que lo intento soy incapaz de evitar la tormenta de agua que derraman mis ojos, inútil tratar de ahogar los sollozos que me dificultan la ya bastante ardua tarea que supone respirar. Hay veces que, aunque no quiera, el agua es más fuerte que yo, y me exige libertad… libertad para explotar en mis ojos, libertad para deslizarse por mi rostro, para empapar mis folios, a veces llenos de palabras, otras veces blancos de silencio.

Orgullosa, imprime amargura y rabia en mi mirada.

Maldita puta, no me quiere dejar vivir en paz.

Y, sin embargo, no sé que haría yo sin ella. ¿Quién sería yo sin ella? Probablemente, ni siquiera sería yo, o al menos la versión de mí que conozco. Es tan… ¿importante?, ¿necesaria?, no sé ni cómo definirla. La sociedad sí que le ha inventado un nombre, pero para mí es un poco incompleto. Quizás no soy la mejor persona nombrando las cosas, por eso prefiero describirlas vagamente… Para mí es algo más que una palabra. Es una patología a la vez que un rasgo esencial de personalidad. Vital para aquellos que la padecen con intensidad, algo tan insoportable como insustituible. ¿Qué hacer sin ella? Sin sus momentos de inspiración, sin sus preguntas impertinentes y perversas, sin su desconfianza… ¿Cómo tratar de abandonar la ignorancia sin ella? Imposible, al menos es la conclusión a la que ha llegado mi desquiciado cerebro.

Es el mejor ejemplo para definir en mí la débil cuerda que separa el amor y el odio, frontera que se convierte en soga: la necesidad. La indeseada necesidad que ha hecho estragos en mí, provocando que mi vida no se sostenga por ninguna parte, que mi cuerpo flote entre la realidad como una hoja que ha caído en un lago y poco a poco se hunde, se ahoga…

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Hace que me pierda entre aparentes alternativas distintas que terminan siendo las mismas con el paso del tiempo. Maldita indecisión, hace que termine perdiéndome en mis palabras, como se pierde un sueño entre muchas pesadillas. Mi eterno problema: el presente. Y el pasado, que lo amarra. Y el futuro, que lo asfixia.

Pero qué completa me siento al saberme incompleta, incomprendida, sola. Qué dicha me embarga al dejar de ser un cuerpo para empezar a ser etérea… qué sensación cuando me transformo en palabras. Y silencios. Y más palabras. Y más silencios. Todo y nada a la vez. Amo y odio a la vez. Soy sólo una incoherencia del mundo, pero ¿es que el mundo no está conformado a base de incoherencias? Soy una paradoja de los pensamientos. Lo soy todo siendo nada, absolutamente nada. Y algo dentro de mí empieza a bailar, me siento excitada. Y lloro. ¿Es esto la felicidad? Felicidad, palabra prohibida. No sé si existe, pero si la respuesta es sí, yo tengo una descripción perfecta. Son orgasmos, instantes de placer ilimitado que aparecen salteados en una existencia monótona y gris.

Efímeros orgasmos de felicidad que duran menos que un instante y tras los que vuelvo a sentirme oscura, cruel. Herida e hiriente, víctima y verdugo, estúpidamente perdida en un lugar al que no pertenezco, atrapada en un tiempo que no comprendo. Soy una loba esteparia, a lo Hermann Hesse. De clase solitaria y suicida, enferma de su propia naturaleza inconformista. Una extraña entre todo lo que me envuelve. Ajena, a veces, incluso para mí misma.

Autor: Stockvault

Autor: Stockvault

 

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