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Llamadme tonta, pero no entiendo. No entiendo por qué una entidad bancaria que ha estafado a sus clientes más vulnerables, que ha necesitado mucho dinero público para salir a flote mientras sus consejeros y directivos pactaban indemnizaciones y jubilaciones millonarias, no tiene que devolver ni un euro de lo que todos los ciudadanos les prestamos. Perdón, les regalamos. No entiendo cómo “Bankia, qué más da el nombre” (como rezan en su publicidad post-resurrección rollo “aquí no ha pasado nada”), en un ejercicio económico, en un año, puede ganar cerca de 200 millones de euros y ni siquiera se exija recuperar parte de los más de 20.000 millones de euros que recibió (sólo esa entidad, no el total de las ayudas públicas a la banca que según alguna fuente rozan los 100.000 millones de euros[1]).

Me dicen que no entiendo que las cosas son “así”. No asumo los “porque sí” de la misma forma que no soporto los “porque yo lo digo”… siempre tan dura de cabeza y con la indignación a flor de piel. Llamadme tonta, pero no comprendo cómo la comprensión de las actuaciones políticas y empresariales puede quedar relegada a último lugar y se olvida con la rapidez con la que se cura uno de esos cortes en las manos con papel… muy vistoso pero poco profundo. Así somos, vistosos pero superficiales. Gritamos cuando nos soplan un pelo pero si nos imponen raparnos la cabeza la agachamos.

No comprendo, ni quiero resignarme a asumir “porque sí”, el motivo por el que los ciudadanos hemos pagado una media del 12% de retención fiscal (para nuestra querida Hacienda que invierte en carreteras[2], sanidad, educación y otros servicios sociales[3]…) con unas rentas de trabajo que no han hecho más que descender continuadamente desde los años 80-90. Mientras, las empresas han pagado a Hacienda en torno al 8%, y las que lo han hecho. Muchas multinacionales son “perdonadas” por defraudar miles de millones de euros y a los corruptos se les confeccionan amnistías fiscales a medida, antes de que venga el amiguito a hacer como que viene a supervisar, llevándose de paso un trozo del pastel[4].

Me dicen que no tengo derecho a quejarme porque me abstengo en las votaciones. No preguntan por qué. Sólo me prohíben opinar, carezco de voz si no utilizo mi voto. Pero mi dinero sí vale. Lo que pago sí vale para que otros lo dilapiden en beneficio de ellos mismos. Otros, que ni siquiera son los que me dicen que no debería hablar hasta que no me una a jugar al teatro de la democracia. Me siento en el patio del colegio, marginada si no quiero participar en un baile de imbéciles aunque arrastrada por la masa de becerros a una realidad triste e injusta, cruel e incomprensible. No entiendo por qué tengo que dejar que lo que a mí me parecen incompetentes carentes de moral, con el único afán de lucrarse y distinguirse de “la plebe”, dicten las leyes que condenan mis actos, las normas que pueden censurar mi conducta, mi pensamiento. Mi cabeza no alcanza a vislumbrar ni una de las razones por las que el “siempre ha sido así” continúe siendo un motivo válido para hacer básicamente nada. Jugando a que las cosas siguen igual de mal porque los que se mueren de hambre, o falta de cuidados o atención sanitaria, o del asco, son otros. Y sin embargo, miras hacia atrás y los pufos se han ido repitiendo, por parte de todas las sabias decisiones tomadas por la mayoría –o casi- de votantes, de un color y del otro, desde que empezó esta mal llamada democracia en este país “de pandereta”, que suena muy simpático pero no lo es.

Es interesante comprobar cómo parece muy fácil que te entre la codicia cuando estás cerquita de dinero público. Más aún cuando las sanciones son inexistentes para quien roba grandes cantidades de dinero, parece que el hurto va desde 200 euros hasta los 10.000… a partir de esa cantidad las condenas se cumplen en cárceles de gominola y oro, a no ser que te indulte el gobierno, que es lo más habitual. Si no, que me expliquen cómo se lo montan para, “presuntamente” y entre otras muchas cosas:

– financiarse ilegalmente durante años, los partidos políticos;

– conceder obras públicas faraónicas, e innecesarias, a las empresas de sus amiguitos o a las suyas propias, los cargos políticos de cualquier estrato y Administración;

– montar empresas ficticias contratando al personal de servicio del palacete para robar aún más dinero público del que reciben, las princesas y sus maridos deportistas (de momento y que se sepa);

– gastar ingentes cantidades de dinero, público otra vez, en ir a cazar elefantes a África, el rey;

– estafar a la sociedad con supuestos cursos de formación para parados que no se llegan a realizar o EREs fraudulentos que se concedían a los amigos y familiares de tal y cual, partidos políticos “de izquierdas” como PSOE e IU y sindicatos de alguna que otra comunidad (de momento, y que se sepa);

– cobrar sobres de dinerito negro (en billetes gordos) mientras se achaca el fraude fiscal a los autónomos o a los trabajadores que no pagan el abusivo IVA cuando hacen una chapuza en casa, el presidente del gobierno, la plana de sus ministros y toda la remesa de peperos anterior (por lo menos, y que se sepa, presuntamente, of course…)

Sólo veo hipocresía a raudales en un estado que dice ser aconfesional pero celebra todos sus actos oficiales con la inestimable bendición de la Iglesia Católica. Políticos que galardonan vírgenes en ermitas y se encomiendan a los santos para que resuelvan el pufo que han provocado, sin tocar ni un duro de lo que ellos se han llevado legítimamente crudo. Sólo veo imbéciles que no se acuerdan de haber sido engañados y que vuelven a confiar en un sistema manifiestamente corrupto en las siguientes elecciones. Sí, imbéciles. Y no hay más.

Carcasas de cuerpo sin señales de vida en el cerebro, que no exigen respuestas a sus representantes electos, que no exigen responsabilidades por miles de millones de dinero público perdido, robado, dilapidado. Votantes que, por lo que se ve, encuentran muy normal la construcción de aeropuertos sin aviones, edificios carísimos del amigo Calatrava que parecen ruinas nada más acabados, polideportivos sin uso previsto, piscinas sin desagües…

En conclusión, unos cuantos hijos de puta se comen el dinero de todos, los que votan y los que no votamos. Por lo tanto, en mi opinión, derecho a hablar tenemos TODOS LOS QUE PAGAMOS, no sólo los que votáis. Es más, considero que existe cierta responsabilidad, por parte de esos votantes tan formados, coherentes e inteligentes, a los que no se les ocurre exigir que el incumplimiento del programa político tenga LA MISMA SANCIÓN que el incumplimiento de un contrato laboral por parte de un trabajador, una consecuencia LEGAL.

Que el rebaño elija siempre al lobo más sanguinario y avaricioso para que gestione y vigile sus bienes tiene cierto delito, teniendo en cuenta que esas malas decisiones, unidas a la carencia de cualquier tipo de exigencia a esos representantes electos (ni el cumplimiento de promesas electorales, ni la transparencia en las cuentas o en las relaciones comerciales de sus respectivas empresas con la Administración, ni siquiera la información QUE A TODOS LOS CIUDADANOS, VOTANTES O NO, NOS PERTENECE sobre la labor que dicen realizar, a saber, la gestión de los recursos del pueblo) nos influyen a todos.

No entro a valorar si me parece bien o mal un sistema de votación donde se hace caso a la mayoría. Lo que no me parece bien es que la mayoría de votantes sean personas tan fácilmente manipulables y tremendamente olvidadizas. No hablaré de formación académica, pero sí hablaré de educación y coherencia, porque considero que antes de defender el “votar por votar, para que no me digan que paso de todo” hay que defender el voto inteligente y exigente, lo mínimo en una democracia con 40 años a sus espaldas y con una tasa de alfabetización de la población adulta en 2010 del 97,7%.

Es vergonzoso, no hay más.

28.04.2014

NOTAS

[1] http://www.elconfidencial.com/empresas/2013-09-08/cuanto-ha-costado-de-verdad-el-rescate-de-la-banca-100-000-millones-de-euros_25562/

[2] Según el último informe de la Asociación Española de Carreteras (AEC), publicado el 10 de abril de 2014, “las carreteras se enfrentan a un deterioro sin precedentes, la peor situación de toda la serie del estudio que se inicia en 1985. Entre 2011 y 2013 los déficits de conservación se han incrementado un 20% en la red del Estado y un 10% en la Autonómica”

[3] El presupuesto del ministerio de Sanidad, Igualdad y Servicios Sociales se reduce un 35,6% en 2014. http://www.huffingtonpost.es/2013/09/30/presupuestos-2014-claves_n_4015378.html/

[4] http://www.publico.es/dinero/454897/el-94-de-las-empresas-del-ibex-elude-impuestos-en-paraisos-fiscales

 

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