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            El sol había decidido lucirse con todo su esplendor en aquel cielo azul de marzo. Los cristales de los edificios refulgían con fuerza e iluminaban las amplias avenidas de la ciudad, despojadas de la habitual jauría de coches, aquella mañana de domingo. Más hermosa que en cualquier otro despertar, la muchacha abrió los ojos al sentir en su rostro el calor del astro de fuego, que se colaba entre las rendijas de la persiana para darle un beso de buenos días. La joven dio unas vueltas en la cama, enredándose un poco más entre las sábanas. Después de menos de diez minutos, se incorporó y subió aquella rayada barrera que la separaba de la luz. El sol iluminó su bello rostro, su esbelto cuerpo, sus enormes ojos, sus rojos labios… y la hizo sonreir, amplia y tranquilamente.  Después de la tormenta, siempre llega la calma.  Aquellas fueron las palabras, sacadas del libro de refranes, que le aparecieron al recordar todas las lágrimas derramadas los últimos días, motivadas por la falta de motivos.

Pronto corrió hacia la cocina, aunque a mitad de camino se dio la vuelta y regresó a la habitación. Se ducharía primero y saldría fuera a tomar el café, quería aprovechar aquella soleada mañana. Dejó que el agua corriera por su cuerpo, aspiró el perfume del jabón y se deleitó con el tacto de la espuma al rozar su piel. Tardó más de lo recomendable, pero salió más feliz si cabía, más ansiosa por vivir aquel día. No se arregló demasiado después, dejó que el cabello se le secara libremente en contacto con el viento, se enfundó unos vaqueros y una camiseta de color negro y recogió el bolso. Bajó ansiosa en el ascensor y, cuando llegó a la calle, no pudo evitar hacer un lento giro de 360 grados para que el sol la abrazase desde todos sus ángulos. Se sentó en la primera terraza que encontró, pidió un cortado. Abrió el libro, pues siempre llevaba alguno en el bolso, y se dispuso a disfrutar de una mañana de café y lectura. Al poco rato, un atractivo muchacho se sentó en la mesa de al lado, con un periódico en la mano. Pidió un café con leche y, después de observarla disimuladamente, abrió el periódico. Ambos siguieron pendientes de sus respectivas letras, aunque pensando el uno en el otro. Cuando a ella le quedaba un sorbo del cortado, él se decidió a iniciar conversación. “¿Qué lees?”, fue lo único que se le ocurrió. “Seymour: una introducción… ¿El País?”, preguntó ella a su vez, tratando de no denotar fastidio en la voz, pues odiaba un poco demasiado los periódicos. “Sí, bueno, a enterarme un poco de qué pasa”, contestó el muchacho sonriendo. Ella sonrió y volvió a dirigir su mirada hacia el libro. “¿Te apetece otro café? Te invito”, dijo el chico. “¿Por qué no?”, contestó ella.

Así tomaron otro café, y empezaron a hablar. El joven, aunque no conocía a Salinger, no leía solamente los periódicos, y comentaron varios autores. Decidieron ir juntos a comer, y entraron en una pizzería. Discutieron sobre cine y escucharon sus respectivos gustos musicales. Él le habló de sus padres y de sus hermanas. Ella comentó que no le gustaban los perros. A él le volvían loco los juegos malabares y a ella le encantaba bailar. Al rato, empezaron con las cervezas y el ambiente se animó tanto que decidieron ir a la playa a pasear. Caminaron hasta allí, incapaces ambos de meterse en el abarrotado transporte público, no tenían ganas de superar ningún ataque de ansiedad.

Cuando la arena ya tocaba sus pies descalzos y la luna brillaba llena sobre el mar, él la cogió suavemente por la cintura, y así caminaron por la orilla. Un kilómetro después, su boca buscó los labios de la joven, y se fundieron con ellos en un suave y compenetrado beso. Hicieron el amor, o follaron, de la forma más romántica y dulce posible sobre la arena de la playa, bajo el brillo de la luna y las estrellas. Permanecieron tendidos, abrazados, largo rato después. Fumando un cigarrillo tras otro por la pereza que les daba levantarse a liar otra cosa. Él habló un rato de la ducha que se darían al llegar a su piso, que no quedaba lejos de allí. Le comentó que le encantaría su casa, y que le enseñaría los libros que tenía. Le propuso quedar al día siguiente, para tomar algo. Ella sonreía, callada.

Cuando el oscuro cielo empezaba a clarear levemente, antes del principio del amanecer, ellá se incorporó y se arregló un poco la ropa. El muchacho se había quedado dormido sobre la arena. Lo miró largamente, tratando de no hacer ningún ruido para no despertarle. Era muy atractivo. También era interesante.

Se levantó con cuidado, separando el brazo que rodeaba su cintura con extrema delicadeza, dejándolo sobre la arena, en el hueco en el que segundos antes había reposado su cuerpo. Acercó sus rojos labios a los del muchacho y los rozó suavemente, cual pluma o, incluso, soplo de viento. Se alejó, con los zapatos en la mano, dejando sus huellas en la arena.

Paya bn

Fin

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