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No podía entender a qué venía ese ataque de melancolía, tan repentino e intenso que difícilmente podía controlar el llanto. Sin duda no habría reprimido aquellas sinceras aunque inexplicables lágrimas de haber estado sola. Pero no lo estaba y el llanto me relegaría a una vulnerable situación. Así que aguanté, con los ojos radiantes de un brillo húmedo imposible de disimular, pero sin derramar una sola lágrima. La única que se dio cuenta fue aquella niña, sentada con su padre en la mesa del fondo del bar, a pocos metros del taburete donde yo trataba de mantenerme erguida.

En aquel lugar se me conocía como la chica de la barra… que a pesar de las connotaciones no tenía nada de erótico. Aquella niña, de unos cuatro o cinco años, había coincidido conmigo alguna vez. Su padre era joven y, por lo que yo presuponía sin ningún tipo de prueba, exceptuando la ausencia de una mujer a su lado siempre que lo veía, era padre soltero o viudo o separado o divorciado… una de las múltiples opciones de hoy día. El padre era moreno, alto y rebosaba sobriedad, a pesar de sus modernos tejanos y su camiseta sport. La niña era todo movimiento, no dejaba de intentar huir de la mesa para corretear por todo el local, tocando todo y trepando por la barra y los taburetes. Aquella tarde, en aquel momento en que mis ojos se inundaban de agua sin razón aparente, el joven padre soltero o viudo o separado se ausentó para ir al lavabo. La traviesa niña aprovechó para saltar de su asiento y cual pequeño muelle inquieto se acercó hasta el taburete que quedaba a menos de diez centímetros del mío y empezó a trepar por él. Una vez estuvo a mi altura, me miró fijamente y acercando su delgada manita hacia mí me preguntó por qué lloraba… Admito que, aunque no estallé en sollozos, sí que noté cómo las lágrimas empezaban a derramarse, lentamente, por mis mejillas. La niña cada vez se acercaba más a mí y, temiendo que se cayera del taburete, alargué los brazos para cogerla. En cuanto lo hice saltó sobre mis rodillas y rodeó mi cuello con sus bracitos. “No llores”, me susurró al oído. “No llores y te dejaré jugar con mi muñeca”. Cuatro lágrimas bañaban mis mejillas pero una emotiva sonrisa iluminaba mi rostro y mis ojos brillaban de otro color… Poco después la niña, sin dejar de mirarme, me preguntó que por qué estaba triste, si se me había muerto el pez.

“Yo hace días estuve muy triste y lloré mucho rato seguido porque se me murió Floppy. Floppy era súper bonito, de un montón de colores… ¡de todos los colores! Tenía azul y verde y un poco de amarillo por donde los ojos y lila oscuro en las aletas y rojo y naranja… y marrón no tenía porque a mi no me gusta el marrón… Y un día me fui al colegio y cuando volví Floppy no movía sus aletas, ni jugaba entrando y saliendo de su castillo… porque tenía un castillo de piedra súper bonito para él solo… con puente levadizo y todo. Yo quería llevarle compañía y otro día papá me iba a llevar a la feria para comprar un pez chica para que fuese su novia… Pero como se ha muerto… ahora no sé si quiero otro pez…”

Su padre había salido del aseo y, tras observarnos durante unos minutos, se acercó a nosotras y me preguntó si su hija me estaba molestando. Le dije que no, que nos estábamos haciendo amigas, y la sonrisa en la cara de aquella inocente criatura al escuchar mis palabras me emocionó un poquito más.

“Gracias, es un trasto y a veces me cuesta controlarla…”, el hombre se sonrojó pidiéndome disculpas, como si su capacidad paternal hubiese sido puesta a prueba.

“No te preocupes, es un encanto. ¿Cómo se llama esta preciosidad con los ojos azules y una larga trenza dorada? ¿Sabes que hay un cuento en el que la protagonista es una princesa que se parece mucho a ti?”, terminé dirigiéndome a la niña porque sinceramente, y después de haberlo reflexionado, creo que no tenía ningún interés en entablar conversación (de cualquier tipo) con un hombre o, mejor dicho, con cualquier adulto, hombre o mujer. Sin embargo, el entusiasmo infantil de aquella niña al explicar cualquier cosa me llenaba de una manera increíble, era capaz de transportarme a un lugar muy recóndito de mi recuerdo donde albergaba aquellas intensas emociones que sólo somos capaces de sentir bajo el inexperto influjo de la inocencia.

“¿Cuál princesa? ¿Cuál princesa? ¿Se llamaba Maitane?”, la niña se había emocionado al oír la palabra cuento y ya no podía desilusionarla, pero lo cierto es que cuando me dispuse a explicarle la historia, no recordaba más que el nombre de la princesa.

“No, lo cierto es que se llamaba Rapunzel y estaba atrapada en una aislada torre en mitad del bosque. La tenía encerrada un dragón malvado, me parece, de esos que echan fuego por la boca y vuelan. Pero el dragón no vivía con ella, él tenía una oscura cueva en unas rocosas montañas…”

Maitane me miraba con sus ojillos azules muy abiertos, casi tanto como su boca. A pesar de la hiperactividad que se suponía habitual en aquella niña, las palabras del cuento que la transportaban a un tiempo y una época con dragones y brujas la tenían embaucada.

“…el dragón iba a visitar a la princesa una vez por semana para llevarle comida y preciosos vestidos y luego volvía a sus montañas y la princesa Rapunzel se quedaba sola, triste y sola. Llevaba tanto tiempo encerrada que el pelo le había crecido muchísimo y la muchacha llevaba una larga trenza de más de diez metros de longitud… ¡diez metros!”

“¿¡Tan largo!?”

“Sí, tan largo como una torre muy, muy alta y tan dorado y rizado como el tuyo, lo que pasa es que lo llevaba recogido en una gorda trenza… y, un día, el dragón se olvidó una jarra de cristal en la torre cuando fue a llevarle la comida y Rapunzel vio la oportunidad…”

“¿Una jarra? ¿De cristal? ¿Y qué hizo con la jarra?”

“Pues la tiró al suelo y la rompió en pedazos… y con uno de los trozos de cristal más afilados se cortó la trenza, dejándose una bonita melena por encima de los hombros, como la que llevas tú…”

“¿Y estaba guapa con mi pelo?”

“Estaba muy guapa, porque los rizos estaban sueltos y el dorado de sus cabellos brillaba mucho más, como los tuyos. Pero, ¿sabes qué hizo con la trenza?”

“¿Qué hizo? ¿Qué hizo?”, la niña estaba tan emocionada… aquel ataque de melancolía parecía un sueño lejano, borroso y estaba disfrutando de la inocente ilusión de Maitane… había olvidado cuán placentero podía resultar escuchar, y contar, una historia…

“Ató la trenza, como si fuese una gorda cuerda, a una de las patas de la cama y lanzó la trenza ventana abajo…” proseguí con la historia… o lo que improvisaba sobre aquel cuento olvidado. “Y Rapunzel bajó por la trenza y salió de su prisión en aquella aislada torre…” y en ese momento me detuve un instante, pues un triste recuerdo había cruzado mis pensamientos.

Un recuerdo resumido en una imagen… una niña pequeña en una habitación, con todo su mundo de juguete preparado (mini castillos de princesas dispuestos por toda la habitación, conformando un vasto territorio constituido por diferentes reinos)… un mundo de imaginación dispuesto a ser explorado con tramas inventadas por una niña con la imaginación suficiente para jugar con distintos personajes y darles una identidad, una historia y una voz. La niña coge el primer muñequito, una Cenicienta de Disney en miniatura, comienza a bajar las escaleras de su hermoso castillo en tonos pastel, de color rosa y lila(que heredó de La Bella Durmiente) y, de pronto, se da cuenta de que no sabe qué hacer con ella. No sabe qué hacer después de bajar las escaleras… su Cenicienta no tiene ni voz, ni pensamiento, ni historia… ya no sabe jugar.

Creo que ese fue el punto exacto en que abandoné el mundo inocente de la infancia.

“¿Y el príncipe?” una voz, de un tono bastante más bajo y profundo que el de Maitane, me interrumpió en ese punto de mis melancólicas divagaciones y me hizo volver al momento. Observé la carita de la niña, ansiosa por que continuase la historia y repitiendo la pregunta que había hecho su padre.

“¿Y el príncipe? ¿No va a salvar a Rapunzel?

Había un príncipe, es verdad. Lo había olvidado por completo y, de hecho, tampoco encontré su función, pues Rapunzel podía salir perfectamente sola con su trenza.

“Al príncipe lo conoció después, en la fiesta de bienvenida que le hicieron en palacio cuando regresó a su reino, haciendo muy felices a sus padres y a sus hermanos.” Concluí, lanzando una mirada orgullosa al padre de la niña ante mi triunfo con mi princesa sin príncipe, con mi Rapunzel moderna.

“¡Cómo me gusta Rapunzel!” la niña quería hacerse una trenza y dejarse el pelo largo, largo y cambiarse el nombre a Rapunzel. Ya no se acordaba del príncipe, estaba deseando llegar a casa para ponerse el disfraz de princesa y jugar a que burlaba con su trenza la maldad del dragón. Probablemente, su padre no le dejaría sacar el vestido y los zapatos antes de cenar y la niña se iría con un berrinche a la cama. Pero aún estaba disfrutando del recuerdo de Rapunzel, de la historia…

Ella me debía un cuento, aunque yo le debía mucho más. Haberla visto disfrutar mientras le contaba esa historia me había inundado de una sensación de esperanza que creía perdida. Esperanza en la inocencia y la ilusión de una mente predispuesta a la imaginación. Me hizo recordar que, a pesar de que al crecer perdemos parte de esa magia que irradian los niños, siempre hay momentos en que se puede recuperar. Sí, se puede recuperar aún con toda la contaminación con que la vida adulta nos ha impregnado. Se puede volver a sentir el fugaz resplandor de la inocencia en el brillo de los ojos de un niño cuando está disfrutando de las deleitantes palabras que narran una historia.

Los niños tienen la increíble capacidad de contagiarte, de emocionarte, de hacerte olvidar las banalidades adultas y dedicar unos momentos a interesarte por el maravilloso mundo de la imaginación, de aquellos que aún creen en lo hermoso de un universo cuya condición de real o irreal pierde toda importancia.

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