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Había poca gente en la terraza del bar, solamente tres de las seis mesas tenían clientes. Ella estaba sola en una de ellas, la de la punta, leyendo un libro. A su lado, tres jóvenes currantes cenaban algo mientras comentaban, entre risas, el olor que llegaba de la mesa contigua. La joven se fumaba un porro de chocolate, inmersa en las letras aunque consciente de que su descaro atraía la atención de los muchachos. Alrededor de la última mesa ocupada se encontraba una familia con niños relativamente pequeños, que no bebés, que acaparaban la mayor parte del jaleo que se removía en aquella terraza.

Le sonó el teléfono y no se apresuró a contestar. Era él, otra vez. Se lo había encontrado por casualidad la tarde anterior, después de haber desaparecido casi por completo, pues nunca contestaba sus llamadas o mensajes. Al encontrarse por casualidad, él intentó quedar con ella para aquella noche, o al día siguiente. Su insistencia pudo con ella, que tenía prisa en aquel momento y al final accedió a quedar con él para tomar algo la tarde siguiente. Como ella sabía que él se presentaría en su casa, decidió huir al bar antes de que él apareciera y así evitar que subiera al piso, de donde sería mucho más difícil echarle. La ponía muy nerviosa, no le gustaba. La verdad es que no podía explicarse en qué momento le había empezado a coger tanta manía… al principio le agradaba un poco, ¿no? Pero era tan pesado, tan pegajoso, tan estúpido…

Una de las sillas vacías que la acompañaban alertó con un chirrido a la joven de que estaba siendo ocupada. Había llegado. Se acercó a besarla, ella giró la cara y ofreció la mejilla. Él se sentó, acercando la silla a ella hasta tocarla. Qué enferma la ponía aquello, ¿por qué no podía dejar la silla donde la había encontrado? ¿Por qué coño tenía que acercarse hasta rozar la suya? ¿Por qué necesitaba puto contacto físico constante?

–          ¿Qué tal chichetta? Estudia, estudia…

–          No, es igual, vamos a tomar algo, ya estudiaré después. – contestó, seca. No podía soportar aquella cara, aquella expresión victimista que quiere parecer comprensiva a la vez. – ¿Qué tal?

–          Bien, muy biennnn, te dije que me habían alarrrrgado el parro, hasta abrril… y también eh… me llamarron para una interview en un call center y bueno, me dijerron que igual parrra el lunes necesitaban a alguien, con mi perrfil porque necesitaaaaban un eh… italiano nativvvo…  perro bueno, somos vierrrrnes por la noooche y no han iamado parra saber mi disponibilidade perrro igualmente, eh… lunes por la taarde tengo un otrrra interview así que trrranquilo… y eh… querrría mirare para irrr unos diez días ah… en Formenterra, y el avión me cuesta… he encontrrado una eh… oferrta que me salen 70 euro….

Desconecta. Ya no puede más, es tan cargante…

–          ¿Y te apetece comerrr algo?

–          ¿Eh? – la está mirando, parece que ha dicho algo…

–          Que si quierrres comerrrr algo…

–          No, no tengo hambre.

–          Bueno, pues lo mejorrr es el barco, lo más baratto, perrro si cojo eh… uno que sale de aquí de Barceloooona am… no me deja allí…

Desconecta de nuevo.

–          Te imporrta si pido unas bravas, quierro comer algo… Y también quierro irrr a Montagnia, con mis padrrres unos días en el final del agosto… esto segurrrro, segurrrro segurrrro… tengo que mirare el avionnnn…

Al rato llegaron las bravas. Él se inclinó sobre el plato. De pronto, la que parecía la eterna verborrea se silenció en pos de un sonido que, al final, es difícil considerar más agradable que su palabrerío. Sus brazos morenos sobre la mesa, de ese moreno playero exagerado que hasta hace daño a los ojos, se concentraban en el plato de patatas. Con uno lo sujetaba y con el otro, tenedor en mano, apuñalaba con el fin de trinchar grupos de seis o siete patatas, untando cada dosis en la salsa, apurando cada rincón manchado del plato. Su barbilla rozaba la mesa, su inmensa boca engullía sin pronunciar palabra.

Ella tuvo que dejar de mirar, pues las arcadas empezaron a sacudir su estómago. Cuando quedaban cuatro patatas en el plato paró. Se incorporó, se tiró unos cuantos eructos ‑‑ de esos que intentan esconderse, suenan en la garganta y salen luego lenta y asquerosamente – y le preguntó:

–          ¿Vas a comerrrr más?

Ella le miró con una expresión entre sorprendida y asqueada, un asco desde luego nada disimulado, y negó con la cabeza apartando la mirada.

–          ¿Puedo acabárrrrmelas yo, entonses?

Ella asintió, silenciosa. Abrió el libro.

–          ¡Es todo en inglés, chichetta!– dijo inclinando su cabeza sobre las páginas, una vez sacado brillo al plato.

“No me digas… no me había dado cuenta… gilipollas…” pensó ella, aunque sólo asintió.

–          Lo que me da rabia – dijo ella – es que los dos libros, uno de los cuales sólo he podido encontrar en inglés porque son ediciones casi descatalogadas, sólo entran en el examen si no has seguido la evaluación continuada.

–          ¿Qué es eso de la evaluación continuada? – preguntó el italiano, acercándose a ella y agarrándola de la mano.

–          Como el año que viene quieren implantar Bolonia en casi el 80% de las carreras, – contestó ella, retirando la mano y separando un poco la silla – empiezan a aplicar los métodos del plan y es una putada porque yo, que estoy acabando, no me beneficiaré de la mierda de Bolonia pero tengo que tragarme sus normas… y a los que preferimos hacer evaluación final nos machacan. En la evaluación continua te obligan a ir a clase, pasan lista como en el cole, haces un trabajo y un examen chorra sobre el power point y apruebas. La evaluación final consiste en un único examen final que ya te ponen deliberadamente mucho más difícil para castigarte por no haber ido a sus egocéntricas clases…

–          ¿Y por qué no fuiste a las clases? – él, volviéndose a acercar a ella y tratando de besarla en el cuello.

–          Porque no soportaba los aires de la profesora y me gusta más estudiar de los libros que de los power points. – Ella, apartando la cara del muchacho con la mano y retirándose un poco más lejos, de nuevo. – Lo que me jode es que a mi me manda leer mil páginas sobre políticas de comunicación en los años 90, dos libros que tratan lo mismo sólo que dos autores diferentes… ¡y encima del 90! Uno de aquella época a lo mejor, pero los dos… ¿no han escrito nada sobre políticas de comunicación desde el 90? Seguro… joder, parece que lo hacen sólo por fastidiar… si al menos a los de evaluación continua les hubiese mandado un libro de la bibliografía, podría entender que a mí me mande dos… pero es que sólo tuvieron que estudiar 10 páginas para el puto examen… ¡y sólo por ir a clase! Es un abuso.

–          ¿Y por qué no fuiste a clase? – le pasó la mano por los hombros y la atrajo hacia sí… sudaba

–          Ya te he dicho que no soportaba a la tía. – Agarró aquel brazo que la aprisionaba y despedía un calor insoportable y lo retiró de sus hombros,  alejándose más. –  Antes de que me tocara como profesora le había hecho una entrevista de radio para una asignatura y la tía llego más de una hora y media tarde porque estaba “tomado un café y la habían secuestrado y ja ja ja”, y a mí no me hizo ni puta gracia que me hiciese perder media de mi tarde libre… además de otras cosas que dijo en la entrevista que me parecieron un poco prepotentes… después fui a una clase suya y siguió sin gustarme, así que decidí presentarme a evaluación final.

–          Ya verrrrás como el examen final es muuuucho más difícil que el examen de los de evaluación eh… continuada… ya verrrás, esto segurro, segurro… – dijo él, asintiendo con vehemencia y estirándose sobre la silla, como si hubiese descubierto una verdad universal.

–          ¿Pero es que no me escuchas cuando hablo? ¿No te lo he dicho al principio? – saltó ella, visiblemente alterada.

–          Bueno chichetta, no te enfades conmigo, yo no te he hecho naddda… – él, con esa cara, esa cara recriminadora y disfrazada de inocente, volviendo a pasar su brazo por los hombros de la joven y tratando de acercarla hacia su sudoroso pecho.

–          ¡Joder, déjame en paz! – ella, gritando y resistiéndose, apartando de nuevo el brazo. – Estoy muy agobiada, ¿entiendes? Y cuando estoy agobiada necesito ¡mi espacio! Joder, y ¡que nadie me toque! ¿entiendes? Un puto perímetro de seguridad, un poco de espacio vital, no pido tanto… ¡que no invadas mi puto espacio! Que me dejes respirar…

Él puso la cara de cabreo y “ahora me pico y no te hablo” y se levantó para coger la silla y alejarla de ella.

–          Gracias – dijo ella tranquilizando el tono, aunque podía considerarse más una burla directa…

Permanecieron callados, ella respiraba tranquila y disfrutaba del silencio.

–          ¿Vamos a cenarrrr a mi casa, a ver si te trrrrrrrrrranquilitzzzzzas un poquito?

–          De verdad que no puedo, tengo mucho que estudiar.

–          ¡Perrrro me dijiste que cenaríamos, he prrreparrrado las cosas parrrra el risssotttto!

–          De verdad que no puedo ni me apetece, en serio.

Ya no sabía cómo coño explicarle que no quería nada con él. Había creído, pobre ilusa, que después de decirle que no quería nada serio y que la estaba agobiando; que había vuelto a ver a otra persona con la que le apetecía más estar y que no quería que volviesen a verse, en todo caso solamente como amigos; que no la viniese a buscar a casa; que dejase de llamarla; que dejase de perseguirla para ver dónde y con quién iba porque no tenía ningún derecho y no pensaba permitir que nadie la espiara… la idiota pensó que así lo entendería… pero se ve que hay quien no las coge al vuelo…

–          Chichetta me lo prometiste, no hice planes porrrque había quedado eh… contigo, íbamos a comerrrr el risssottto, había puesto las setttas en el agggua….

Ella se levantó de la silla, empujando la mesa en el acto y derramando el contenido de la copa sobre el italiano…

–          ¡Mirrrra lo que has hecho! ¿Qué coño te passsa? Porca puttanna…. – acabó cuchicheando.

De pronto la muchacha, todavía de pie, sonrío al mirarle, sacó algo del bolso… sacó una pistola del bolso y le disparó dos tiros en la cabeza. Lo mejor de todo: aquel buzón baboso que tenía por boca, abierto de par en par al encontrar la que él consideraba su preciosa cara frente al cañón de una pistola. Pum, pum. Así sonó. Y su roja e italiana sangre salpicó a los muchachos de la mesa de al lado.

***

–          Chichetta, ¿estás bien? Te has quedado así de pie, callada… ¿estás bien? ¿Qué estás pensando?

 

Fin

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