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He pasado las últimas cuatro horas hablando con la dueña del bar que hay debajo de mi casa. Conviene aclarar que ya la conocía, aunque nunca nos habíamos hecho tantas confidencias. Hablar es un término muy amplio que puede utilizarse también para designar el hecho de escuchar. En verdad casi no he abierto la boca, me he dedicado a escucharla, como si sus problemas fuesen una especie de cortina de humo que ocultara momentáneamente los míos. Sin embargo, y a pesar de que el antídoto ha hecho efecto durante un largo rato, al final su discurso me recordaba tanto al mío que era incapaz de escuchar lo que me explicaba sin relacionarlo con una de mis vivencias. Y una de las conclusiones básicas de la charla mantenida es que todos estamos más solos de lo que nos gustaría. ¿Qué puede empujar a una treintañera a desahogarse con una clienta trece años más joven? A parte de la confianza que se haya podido adquirir por el trato diario y a pesar de que fluya el buen royo y la comunicación entre ambas, lo cierto es que una confesión de cuatro horas sobre su vida personal es algo que no suele hacerse cada día ni por cualquier cosa.

¿Qué lleva a una persona a compartir todo aquello que la está quemando por dentro? ¿La desesperación? La desesperación de mantenerlo en el pensamiento. A veces somos incapaces de compartir lo más pequeño y sin embargo nos sentimos impelidos a hablar de nuestras cosas más íntimas en los momentos más extraños y con las personas más sorprendentes. ¿Qué pensará ella al llegar a casa? Pensará que ha estado contándole sus penas a una niña que probablemente no pueda comprenderla. Se arrepentirá de haber tenido la lengua tan suelta y se preguntará qué coño la empujó a sincerarse de esa forma, completa y del tirón. ¿La necesidad? La necesidad de que alguien te escuche y comparta, por un ilusorio segundo, tu dolor. Todos lo hacemos.

¿Hasta qué punto nos condiciona esta comunicación interpersonal? ¿Esta necesidad ya no de ser comprendidos sino simplemente escuchados? Ese impulso que te arrastra a desahogarte con quien menos esperas. En alguien en quien ni siquiera sabes si puedes confiar. Si te traicionará, si se reirá, si lo utilizará después en tu contra para joderte en alguna futura batalla, pues la vida da muchas vueltas y quien hoy es tu amigo puede convertirse en enemigo mañana… Pero la soledad es el peor de los enemigos, a la vez que el amante más tierno y comprensivo. La soledad mata poco a poco, amarga aunque dulcemente. ¿Qué la hace tan maravillosa y destructora? La libertad, si se sabe aprovechar, que te concede. La soledad te deja hacer sin pedirte explicaciones. Es la menos celosa de todo lo que nos posee y la reina de la inspiración. Aún así, consume. Consume las ganas y la imaginación para relacionarse. Si te aprecias lo suficiente a ti mismo y eres un poco egocéntrico acabas rehuyendo la socialización. Sabes que tu extrema sensibilidad define la naturaleza de tu dolor pero no tus acciones y acabas prefiriendo su compañía a la de nadie más. Todas las conversaciones acaban pareciendo tan insustanciales que intentas sedar a tu cerebro y sentir el alrededor, sin pensar, sin hablar. Y aquellas que no lo son plantean dilemas tan deprimentes que te acarrean semanas enteras de divagaciones mentales y apatía social. La introspección, aunque suene interesante, es una pesada carga que has de soportar solo… Pero, ¿no es acaso un mecanismo de defensa? ¿Una barrera protectora? Una forma de preservarte de unas heridas que, igualmente, llegarán. Más crueles incluso si les opones resistencia. Quién sabe, en lo referente al sentir y al pensar todo son conjeturas.

La muchacha del bar ha traicionado la introspección que ha mostrado todo este tiempo en cuatro horas. Todo el secretismo que había guardado hasta entonces, pues yo no sabía nada de su vida (ni siquiera sabía cuándo lo había dejado con el novio y lo sabía por su madre, que también trabajaba en el bar), se transformó en extensa y detallada confesión. Una de aquellas conversaciones que podría titularse Memorias de vida…

Lo cierto es que no sé cuánto le habrá ayudado la charla, ni si lo ha hecho (aunque espero que sí, porque esa chica me gusta)… tampoco sé si he estado a la altura de sus expectativas o ha reafirmado su idea de que una niña no puede entenderla… no lo sé. Lo cierto es que, para ser totalmente sincera, no me importa demasiado. Ahora pensaba en qué me ha aportado a mí escucharla. La voz de la experiencia, una chica joven pero con más historia que contar. Uno de los datos más interesantes extraídos de la conversación es que gran parte de los hombres son demasiado inmaduros a cualquier edad. Inmaduros y egoístas. Así que no es sólo mi experiencia, sino que coincide con varias, incluyendo mujeres con La experiencia que mi maravillosa juventud no ha podido proporcionarme todavía… Por lo que sea, testimonios coincidentes. Mientras son adolescentes, porque son unos adolescentes salidos que solamente quieren llevarse algo a la cama. Cuando se supone que abandonan la adolescencia, allá entrados los 20, experimentan una época sentimental, romántica y, en muchos casos, posesiva, agudizando el ingenio al máximo para poder llevársete a la cama. A los 30 intentan por todos los medios seguir resultando interesantes, casi todos se derriten ante las veinteañeras y los que no se han casado con la novia de toda la vida intentan ligarse a las universitarias con el rollo intelectual y maduro, ¿para qué? ¡Para llevársenos a la cama! Como podemos observar, hay un patrón que se repite. Otro de los patrones, infundido tal vez por la educación recibida, es que las cosas son cómo y cuándo ellos dicen. Ahora te quiero, ahora te tengo. Cuando no cedes, lo solucionan con una rabieta infantil. También suelen exigir mucho más de lo que dan, maestros en hacernos sentir culpables y ávidos devoradores de esa puta vena protectora y maternal que tenemos todas. Exprimen sin darse cuenta de que todo tiene un límite… su amor es más egoísta, a lo mejor no terminan de captar el concepto de “nosotros”, pues el “súper-yo” parece dominar sus actos, sus deseos, su vida. Creo que nosotras, aún siendo egoístas (porque lo somos, como todo ser humano), los incluimos (tal vez inconscientemente) en nuestro ser. Cuando queremos a alguien pasa a formar parte de nuestro alma, deja de ser algo externo, es un nosotros contenido en una misma. Ellos no son capaces de hacerlo. Su nivel de empatía, al igual que muchas otras capacidades sensitivas, está mucho menos desarrollado que el nuestro.

El caso es que todas sufrimos, más de lo que nos gusta admitir, por ellos, y me incluyo la primera. Nunca sabes cuándo habla la razón y cuándo la rabia: he aquí el origen de la indecisión, otro patrón coincidente, en este caso, entre mi compañera de charla y yo.

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