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Tiranos y aduladores

Una vez, un chico no muy espabilado (aunque él creía que sí), me dijo que como ciudadano tenía derecho a entrar a cualquier sitio para dejar su currículo imaginario. Un tirillas que estuvo a punto (o eso vendió él) de pegarse con un segurata porque no le dejaba entrar a una fábrica. Un chaval que a sus casi 32 años ha cobrado más del Estado que de salario (gran invento Google para descubrir trapos sucios oficiales) y que hablaba de “derechos” sin conocerlos, dando por hecho que por su cara bonita tenían que abrirle las puertas del empleo y no cualquier empleo, sino uno que le interesara (sin estudios pero con delirios de grandeza que le hacían sentirse cual catedrático en Derecho). Un bocas con mucho morro que, como algún otro que conozco, espera que los demás le paguen la juerga y la vida, como sus padres, a los que todavía atraca a cara descubierta y a base de lágrimas de cocodrilo, técnicas habituales de los que no tienen argumentos: lágrimas y victimismo hasta hacer vomitar.

Pues mira, chico listo, no tienes derecho a entrar a una empresa privada si no quieren dejarte entrar. Se le llama tener reservado el derecho de admisión. A personas maleducadas y prepotentes como tú es mejor no abrir  ninguna puerta, sobre todo porque no pilláis cuándo la puerta se cierra. Muy incómodo.

Tan incómodo como que te digan te quiero desde la primera cita y lo repitan insistentemente hasta la última, sin recibir respuesta una sola vez y sin cansarse de reiterar una misma mentira, sin originalidad alguna en la forma. “Me enamoré de ti desde la primera vez que te vi”.
Pues yo sentí una decepción muy grande cuando te vi por primera vez (enorme si la comparamos con la sensación de arrepentimiento y pérdida de tiempo y energías que me quedó tras menos de dos meses en tu compañía). Eras tan pequeñito y flaco que parecías un yonki (luego descubrí que lo eras), con ese gesto de desagrado en la cara y un agudísimo tono de voz que revienta tímpanos. Otra vez, un enano con mala leche y muy necesitado… Tanto que no te deja ni tomar aire, egoísta como él solo, o respiras con él o no respiras. Prepotente hasta la médula, primero te aburrirá con sus canciones sin dejar que escuches las tuyas. Dirá que le interesa todo lo que dices y haces algo imposible porque esa gente no sabe mirar más allá de su propio pene. Maltratador en potencia, utiliza las amenazas para tratar de acongojarte y luego dirá que sería incapaz de ponerle la mano encima a una mujer… Ja. Yo no me quedaré para comprobarlo.

Dicen que se pilla antes a un mentiroso que a un cojo. No creo que sea cierto. Se pilla antes a un imbécil mintiendo que a un cojo. Eso sí me parece más acertado. Una mentira bien elaborada cuela enseguida, observad el mundo y su vendida transparencia para comprobarlo. Pero para mentir hay que tener neuronas activas y cierta capacidad de memoria. Algunos mentirosos no tienen esa capacidad (tal vez es que no tienen cerebro, como en el caso que relato) y las mentiras resultan burdos engaños que cualquiera con dos dedos de frente no se traga. Cosas de la vida.

Lo triste es que seguirá creyendo que tiene razón sin tenerla, que es inteligente sin serlo, que merece un trabajo sin haber pegado ni nota en su vida, y que los demás tienen que vivir para servirle. Un poco cansada de coincidir con este tipo de gente, “mentes dementes que se creen importantes”, hago un llamamiento a la inteligencia para que deje de darles coba. Empezando por mí misma.

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