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Recién cumplidos los 27 y tan decepcionada como cuando tenía 17. Tan lejos del resto del mundo, tan fuera de onda como siempre. Evidentemente, es cosa mía. No me cambio, sin embargo, por ni uno sólo de los imbéciles que me rodea. Más felices, eso sí… pero, ¡ay! Si se vieran con mis ojos… se darían cuenta de lo que yo ya descubrí hace mucho tiempo. Que la ignorancia sólo nos hace pobres. Pobres morales, viciosos y pervertidos sociales. Incapaces de convivir.

Mi yo protestón me dice que, si soy tan lista, cómo no he conseguido convencer a nadie de mi gran argumento: “todo es básicamente un gran mierda pestilente porque no se educa, con el ejemplo de aquellos a quienes se permite mandar y gestionar el mundo, en valores. No en los de la iglesia católica ni en los del resto de sectas que se hacen llamar “religiones”, que suena “mejor” para algunos (especialmente para los estados que las subvencionan) pero viene a ser lo mismo, sino en los principios de la razón y la humanidad. En aquello que se empeñan en llamar “derechos humanos y universales” y acaban siempre siendo papeles mojados como las espaldas de los muchos que arriesgan mucho más que la vida por viajar a un país donde, supuestamente y siempre según una rancia (y más falsa que las palabras de la denominada “clase política”) constitución, se defienden. Derechos humanos que terminan siendo un papel de mocos donde van a parar los mismos desgraciados de siempre, donde se descargan las injusticias del mundo. Rectifico, las injusticias que el ser humano provoca y permite en el mundo.

Pienso y pienso y no dejo de pensar, que se me da mejor que moverme. Como siempre, “piensa mal y acertarás”, mi mente se pierde en la espiral habitual. Pienso tanto como sueño, que suele ser demasiado demasiadas veces, y entonces mi cerebro se evade y vive su propia película. De serie H o B, aunque venda por ahí que es “cine de autor”. Autor el guapo que se atreva a escribirla. Supongo que yo he desistido. No tiene gancho, no triplicaría audiencias. No hay niñas muertas, ni violaciones, ni malos tratos (al menos físicos), ni suicidios colectivos o individuales. No me he hecho famosa por acostarme con nadie, aunque he adquirido cierta fama entre las amigas que más me quieren por estar con quien me apetece y no ir para la hipoteca con el novio de la adolescencia. Sin embargo, lo que me preocupa ahora mismo es lo mismo que me ha preocupado siempre: ¿Es cierto que soy yo la rara, la “especial”, la imbécil que no sabe vivir y convivir en este mundo? ¿Es este tiempo? ¿En este universo de otros varios paralelos que pudieran existir, según teorías como la de cuerdas? Si la sensación de ser un ente extraño, cual neurona activa en el cerebro de una choni, es algo intrínseco a mí, debería superarlo ya. Tengo una edad de esas que empiezan a no querer mencionarse. Espero, ingenua de mí, que la ciencia infusa dé muestras de su existencia y me ilumine un poco este cerebro aletargado que piensa en bucle. Lo suficiente como para deslumbrarme y no dejarme ver lo jodidamente injusto, cruel, incoherente y bochornoso que es este mundo adulterado por los humanos. Unos humanos muy buenos en general, no sea que me extraditen del planeta (las cosas están bastante mal en el ámbito global). Un maravilloso ser humano que, tras unas cuantas eras, ha evolucionado en esto. En esto que no sé ni cómo definir.

En un siglo donde se llenan la boca con las posibilidades de la tecnología las personas más mediocres, egoístas y dañinas que nos gobiernan. Personas tóxicas que se han hecho, desde siempre, con el control de los recursos del planeta. Que dictan las leyes cívicas y morales que rigen la sociedad, castigándola duramente cuando las incumple, siendo los redactores de múltiples e incongruentes reglamentos los primeros en saltárselos. Sin que nadie mueva un dedo, de forma contundente, para pararlo. Sin despeinarse, matan de ignorancia, y de hambre, y de guerras, y de asco, al mundo.

La decepción es extrema cuando comprendes que el problema está en el fondo. Que la herida es profunda. Que nos desangramos. Creo que antes, hasta la llegada del siglo XX, se intentaba avanzar, y hacer avanzar, tanto tecnológica como intelectualmente a las sociedades. El siglo XXI no trae más que las conclusiones que los “poderosos” extrajeron de la investigación desarrollada la década anterior, sangrienta y autoritaria, repleta de luchas por avances sociales y derechos laborales, de conquistas como la incipiente liberación de la mujer o la educación… con el incremento, lento, del poder de decisión de las primeras y el aumento de la tasa de alfabetización en muchos países considerados, a mi juicio equivocadamente, desarrollados… ¿Para qué? No trae más que problemas una ciudadanía concienciada, una masa inteligente, con capacidad para tomar decisiones razonadas, consensuadas, en beneficio de una vida mejor para la gran mayoría. No para la minoría, la élite, el 1% que acapara la mitad de la riqueza…

Inteligentes… Quieren quitarnos lo que nos distingue, supuestamente, del resto de los animales. Lo que hace especial y única a nuestra especie, al menos en comparación a lo que conocemos. Quieren convertirnos en una masa inútil y aletargada que obedezca impulsos. Quieren hacer realidad, y tienen la capacidad técnica y económica para hacerlo, la utopía de  Aldous Huxley en Un Mundo Feliz. Quieren detener el tiempo en un 1984 continuo donde George Orwell ya vaticinó el control estricto y la censura absoluta hacia cualquier pensamiento fuera del “régimen”… Sí, los viejos se jactan de haber conocido a Franco… yo creo que lo que nos espera a partir de ahora es mucho peor… la dictadura de los medios y los políticos… la era en que la cultura se desvanece en una amalgama de shows cutres hasta la médula que encantan a la mayoría de las personas que conoces. Cambia de ambientes. Busca los reductos donde todavía hablar de literatura no sea de freaks, donde la música no se reduzca a las eternas y odiosas canciones de verano o de triunfitos que huelen a reposición antigua aunque salgan a remesas del horno, anualmente, recién refritos con recuerdos de otros music shows donde lo último que se escucha es música. Recorre los rincones de tu ciudad tratando de coincidir con aquellos a los que no les dé miedo ver una película subtitulada o hablar de un cine que no venga de la zona chic del otro lado del charco, de allí donde las estrellas van a estrellarse. Inventa un lugar donde gustarte la física cuántica y perderte en cavilaciones sobre el universo y sus maravillosas e infinitas posibilidades no signifique estar loca a lo Virginia Woolf.

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