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¿Cómo una generación más formada que sus progenitores, que debería tener un espíritu, si no más crítico, al menos sí más coherente y razonable, ni que sea porque el índice de analfabetismo es menor en el siglo XXI, permite, sin revolucionarse en masa, aberraciones que no permitieron sus antecesores?  La peor de todas, retroceder. ¿Cómo quien ha tenido una de las armas más poderosas en sus manos, la capacidad de saber más, de aprender más siguiendo los propios impulsos, todo al alcance de modernos ratones y manzanitas parpadeantes que abren infinidad de puertas al conocimiento, prefiere dedicar, en masa, su cada vez más prolongado tiempo libre a discernir quién es más adecuado para tirarse a éste o a esta otra o a mirar a través de una pantalla cómo chavales de su edad hacen exactamente lo mismo que ellos los sábados por la noche?

No creo que la culpa la tengan los chavales. Al menos, no creo que sea sólo nuestra. Se nos ha protegido toda la vida de los señores que pudieran ofrecernos caramelos a las puertas del colegio y se ha permitido, social y legalmente, que nuestros héroes de infancia nos dijeran qué ropa teníamos que llevar, con qué teníamos que forrar las carpetas, qué nos tenía que gustar para desayunar o merendar, o qué juguetes teníamos que pedir en la carta a los Reyes Magos, y en la del Olentzero, y en la del Tió, y la de Papá Noel… El caso era tener cosas.  Crecimos, muchos, creyendo que todo estaba al alcance de una mano. Tan sólo con pedirlo en una carta. Sí, es cierto. Fuimos unos privilegiados, con acceso a una educación, si no buena, al menos amplia y generalizada. Algunos de nuestros profesores nos enseñaron a pensar. A nosotros no nos pegaron con la regla por fallar en las tablas de multiplicar. Tal vez porque no nos hicieron memorizar las reglas ortográficas y gramaticales, ahora muchos universitarios y posteriores profesionales no saben ni redactar un correo electrónico, aunque a lo mejor, si el índice de lectores jóvenes no se encontrase a ras del suelo, la cosa sería distinta. Algunos maestros, si yo los encontré muchos tuvieron que hacerlo, nos enseñaron a interpretar un texto, en lugar de memorizarlo.

Son muchas las carencias del sistema educativo español y sus múltiples reformas post-dictadura que evidencia mi generación, y otras antes y después. No obstante, son muchas las virtudes que creía nos salvarían de perecer en un mundo moderno controlado por quien se empeña en hacerlo funcionar con mecanismos anticuados, oxidados, y pesados, igual que las ideologías tras las instituciones que las mantienen activas, que no suponen más que un lastre para el desarrollo y la salida de un profundo agujero a la que esa misma maquinaria parece haber conducido al mundo entero. Resulta desolador, en el siglo de la interconexión instantánea, lo complicado que parece coordinarse para aunar fuerzas y proponer una alternativa que no acabe frustrada por la arrogancia de los dinosaurios que manejan el presente, condenando nuestro futuro, o por la incompetencia de unos terneros demasiado perezosos e interesados en evadirse de la pestilente realidad.

Somos los privilegiados que lo perdieron todo, hasta los sueños. Somos aquellos que, teniendo la capacidad y la educación, dejaron que nos desperdigasen por el mundo, esparciendo nuestro talento y nuestra oportunidad de reconducir el mundo antes de que se autodestruyera… o al menos, intentarlo. Somos aquellos a los que les dijeron que la LOGSE y la LOE y el Plan Bolonia -y, ahora, la LOMCE- les aseguraban un futuro profesional, en España y en Europa, y nos lo creímos.

Ahora, aquí o allí, todos nos conocen como precarios. Precarios, como la sociedad que un día se creyó desarrollada, civilizada, y que refleja cada segundo del día su retraso intelectual, emocional y moral. Somos el peor de los animales, porque sabemos lo que hacemos.

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