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Miraba, absorta, la televisión. Pensaba, perdida, que desde su particular forma de ver el mundo era imposible entender lo que en él pasaba. Miró a su alrededor. Todo estaba en su sitio. La cálida habitación la envolvía en una burbuja de seguridad desequilibrada y falsa. Estaba a salvo, sola. Estaba a salvo, rodeada de sus pensamientos, mientras todas aquellas cosas horribles, que se veían en la pequeña pantalla del salón, no lograran penetrar en su casa. Mientras todas aquellas cosas horribles se quedaran en la pantalla.

Un dulce aroma se filtraba por todos los poros de su piel, invadiendo su cuerpo de calma y tranquilidad. Un momento de vacío negro, mental. No pensaba en nada. No sentía nada. Y entonces, una lágrima resbaló por su mejilla, colándose entre sus labios y dejándole un gusto salado en la garganta. Otra lágrima más corrió detrás de la primera. Y otra más. No fue consciente de que lloraba hasta que bajó la vista al papel sobre el que intentaba, esta vez sin éxito, escribir, y lo vio completamente empapado.

Entonces empezó a sentir la humedad en sus mejillas, imaginaba el brillo triste que habrían adquirido sus ojos. Sí, lloraba y no sabía por qué.

Trató de secar sus lágrimas con un pañuelo de papel que sacó del bolso, pero parecía que la tormenta que se había desatado en sus ojos, tan inesperadamente, no pretendía parar.

Sintiéndose una desequilibrada mental, que ni siquiera sabe la causa de su tristeza, arrugó el papel que casi goteaba lágrimas y lo tiró a un rincón del sofá. Sus ojos se encontraron de nuevo con la televisión.

Su mirada quedó fijada como con pegamento a la pantalla, y sin embargo ella no veía. Un vacío negro se apoderó, también, de su sentido de la vista. Pero duró poco, porque cerró los ojos. Bajó los parpados como si fuesen dos pesadas cortinas, y todas las imágenes que no había podido ver hacía un momento por la tele, y muchas más, empezaron a proyectarse en sus alocados y negros pensamientos.

Bombas que explotaban y volaban todo lo que encontraban a su paso: casas, cosas, vidas… Veía una sangrienta escena en la que las extremidades de los afectados por la explosión se despedazaban al saltar entre las llamas.

Bombas y pistolas. Metralletas. Tanques. Granadas, cuchillos, navajas. Cualquier utensilio inventado por el hombre para herir al hombre se paseaba por su cabeza, como si participasen en un macabro desfile en el que la demostración del dolor era el objetivo principal. Su cabeza no podía soportar más esas imágenes sangrientas, devastadoras, culpables. Significaban la prueba fehaciente del daño que el ser humano le hacía al mundo. Sin embargo, al abrir los ojos, vio más de lo mismo. No distinguía claramente si ahora era producto de su imaginación o si realmente estaba apareciendo por la tele. Guerras, asesinatos, maltratos, abandonos, inflación, paro, pobreza, hambre, SIDA, lepra, “bulling”, “moving”, abusos, violaciones, secuestros, opresiones, represiones, mutilaciones, torturas, dictaduras, genocidios…El mundo funcionaba realmente mal.

Intentó controlar, nuevamente, el llanto. Pero él estaba empeñado en demostrar que podía mucho más que su voluntad, y a las lágrimas acompañaron sollozos que imprimían a la tormenta lacrimal un aire de desesperación.

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