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Estudié periodismo en una universidad catalana y pública. Con las carencias educativas de las que el sistema español es garante, considero que alguna que otra lección sí que me quedó clara. La primera: la objetividad no existe. La segunda: cita fuentes para salvarte el culo o puedes meterte en un lío. No sólo en los casos de plagio, que también, sino en cuanto a informaciones susceptibles de no ser veraces.

Hoy ya no soy estudiante universitaria, ahora formo parte del precario mercado laboral. Y tengo suerte, porque formo parte. Con la ayuda de mis padres puedo, incluso, consumir.

He crecido oyendo que mi generación, la del 87, es una privilegiada. Que nos lo han dado todo masticado y a la boca, e incluso han llegado a decir que éramos unos ninis, que ni estudian ni trabajan. Nada que ver con el sudor de nuestros progenitores para que con 16 años ya tuviésemos teléfonos móviles y paga para los botellones.

Soy una privilegiada porque no he pasado hambre. Hasta ahora. Pasado el cuarto de siglo mi melancolía habitual, que pensaba estaba motivada por mi excéntrica forma de pensar, se ha transformado en rabia. Ni fui responsable de mis privilegios ni soy responsable de la precariedad y devaluación de la inteligencia, de la educación, del pensamiento crítico y propio que experimento hoy y que va a marcar el resto de mi vida, o con un poco de suerte, sólo gran parte de la que me queda. La experiencia es un grado. Y el no tenerla, dos.

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Aunque algunos consideren que nuestras neuronas no son dignas de opinar porque no han vivido lo suficiente, mi joven experiencia me dice que anclarse en el pasado no supone más que un constante retroceso. No podemos ir de modernos mientras pensamos como nuestros abuelos. Considerar que el mundo es una cosa estática es lo que lastra nuestro presente y nuestro futuro. Los abuelos consiguieron mucho en su época, y nosotros nos lo estamos cargando. Eso también se dijo hasta aburrir, hasta convertirlo en verdad aunque no lo fuera. Somos nosotros, los jóvenes, vagos y perezosos, los que no estamos defendiendo aquello por lo que lucharon. Es difícil encontrar a quien te confirme que es imposible funcionar con estructuras anticuadas cuando la sociedad ha evolucionado exponencialmente en el ámbito intelectual. El ciudadano ya no es un ignorante, aunque lo intenten, tienen (o deberían) la opción de informarse, de saber y preguntar. Al menos en esto que algunos llaman democracia. Por lo tanto, un ciudadano democrático se pronuncia. Opina. Y discrepa…

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Antes las discrepancias se mostraban mediante la revolución social y armada, aunque fuese con tirachinas y antorchas. Sin embargo, ahora todo lo que huela a violencia extra-estatal se reprime antes de que llegue a echar raíz. Se comparan las protestas con actos de nazismo y terrorismo, tan alegremente, como si no fuese una verdadera infamia. Una mentira evidente, y bochornosa por la ligereza con la que últimamente la utilizan algunos “representantes” públicos. Hoy, la batalla se libra en los mercados, donde el ciudadano no participa. Las trincheras se encuentran en los medios de comunicación donde, ahora que no se arriesga la vida, el pueblo tampoco puede participar. El frente en el que sí luchan es el de las redes sociales.

Para aquellos con la responsabilidad de arreglar esta estafa mundial, estafa que han permitido deliberadamente y de la que se han beneficiado directa o indirectamente, nunca es culpa de una constitución inamovible, a no ser que al gobernante de turno la modifique en 15 días para garantizar el pago de una deuda que no han contraído los ciudadanos, pero que van a pagar. No es culpa de la toma de malas decisiones que implicaban dinero público. No es culpa de que se haya hecho la vista gorda mientras las entidades bancarias mentían, sin cesar, hasta cegar con sus crecientes narices la razón de quienes deberían haberlos vigilado.

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El mundo es extrañamente incoherente… mientras se persiguen las libertades personales hasta el ridículo (¿quién en su sano juicio, en pleno siglo XXI, en un estado aconfesional occidental, se atrevería a legislar sobre las decisiones que puede tomar una mujer con respecto a su cuerpo y su vida? ¿Con respecto a la pareja sexual y/o sentimental que pueda elegir un adulto o adulta?), se consienten atrocidades como que el precio de los alimentos los decidan los especuladores en bolsa.

Nos consideramos muy diferentes unos de otros, qué bárbaros y antiderechoshumanos unos y qué liberales y chupis los demás… Entre otras cosas, el sexismo no está superado en ningún sitio. Y se sigue haciendo apología al derecho de la mujer mientras se le coarta, como se ha hecho siempre, considerando que la mujer tiene que vivir para otro, y no para sí misma. Para su marido, para su hijo, para las asociaciones feministas que se sustentan de la demagogia de los medios de comunicación, que utilizan indistintamente los términos “violencia de género” y “violencia machista”… Personalmente, como mujer, no creo que nos beneficie perpetuar la falsa imagen débil e indefensa del sexo femenino, y agradecería que las noticias sobre maltratos (a hombres o a mujeres) se cubriesen de forma menos tendenciosa. Pero lo que me gustaría a mí carece de importancia. Igual que lo que opinen otras personas. Lo único que importa es perpetuar el odio entre unos y otros: hombres y mujeres, ricos y pobres, incompetentes e inteligentes. Los primeros de cada binomio siempre parecen estar arriba, jodiendo al otro.

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Los derechos humanos pasan por el mismo filtro que el resto de las cosas: quien tenga derecho (oscuro e injustamente obtenido en detrimento del de los demás) a disfrutarlos. Hay quien se forra con los ahorros de los demás y luego se le indulta, porque es amiguito del capullo de turno que se considera legítimo para todo, sin necesidad de consultar ni explicar, porque un X% por ciento de la población, por otra parte engañada y desinformada, le votó un puñetero domingo. Si el mundo es un circo, nosotros nos llevamos la palma en bromas pesadas y de mal gusto. Sí, somos un espectáculo andante. Aunque suene duro, creo que sería menos ridículo si estuviésemos en guerra. Pero no. Esto no es la guerra. Esto es la normalidad de un país retrasado técnica y moralmente. Hoy, látigos invisibles vestidos de legislación y burocracia nos azotan hasta hacernos morder el polvo. Las manos que nos asfixian son ahora sutiles y dolorosas, prolongando la agonía al resto de tu vida. Firma un papel e hipoteca tu alma. Probablemente, también la de tus hijos. Si puedes permitirte tenerlos antes de los 40. De lo contrario, no te quedará mucho tiempo para disfrutarlos antes de empezar a preocuparte por la menopausia, el cáncer, la adicción al alcohol o a alguna pastilla tranquilizante, el Alzheimer, el reúma…

Hoy, después de haber vivido sumida en una burbuja particular de indiferencia hacia todo lo que quedara fuera de mi perturbada mente, siento que me están tomando el pelo. No sólo a mí, desde luego y eso es lo peor, sino a todos. Da igual que no haya sido una activista en mis años jóvenes, da igual que haya pasado de los políticos y de la esfera del poder económico toda mi vida… Da igual que no haya votado nunca jamás en mi vida, porque veo cómo los que sí lo hicieron están siendo doblegados por sus supuestos representantes, gobernantes que mienten impunemente, niegan lo evidente e imponen condiciones durísimas a sus súbditos mientras no rebajan ni sus sueldos, ni su calidad de vida. Ni dimiten estando imputados por casos de corrupción. Ni dan explicaciones a las personas que pagamos algunos de sus múltiples sueldos. Tienen la vergüenza de creerse su propia mentira, llamarnos imbéciles y hacérnosla tragar con patatas, cuele o no cuele. Haya o no haya pruebas, a favor o en contra… ¿Qué más da? No somos nadie… Y mientras, ellos viven como les apetece con el dinero de los demás, imponen cómo tienen que vivir o pensar las personas a las que dicen representar. ¿Con qué legitimidad se han erigido como legisladores, abogados y jueces? ¿Qué conocimientos les avalan? ¿Qué meritos han conseguido en la materia para atreverse a dictar juicios morales? “No puedes fumar (pero te vendo tabaco)”. “No puedes abortar (pero me da igual que no puedas alimentar, vestir, curar o educar a tu futuro hijo)”. “No puedes ir a más de 120 Km/h por la autopista, (pero no voy a arreglar los puntos peligrosos, ni mejorar las calzadas, ni ampliar los arcenes, ni mejorar la señalización, ni dejar de favorecer los atropellos o colisiones colocando todos los pasos de cebra justo al salir de las rotondas, ni voy a arreglar esos baches que te fastidian los bajos y las ruedas del coche, provocándote un gasto continuo en el taller… gasto que, con lo que voy a autorizar que puedan pagarte en mi próxima reforma para flexibilizar el mercado laboral, va a obligarte a financiarte a 5 años, con sus correspondientes intereses, los 300 euros del arreglo)”.

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Ni me arrepiento ni voy a cambiar mi abstención electoral a menos que el sistema se convierta en democrático de verdad, esto es, que se incluya la participación ciudadana masiva, mediante las redes sociales y las nuevas tecnologías, en las decisiones que afectan a SUS presupuestos, a SUS expectativas personales y profesionales, a SUS puestos de trabajo, sus impuestos, sus ingresos, sus gastos, sus necesidades… en definitiva, NUESTRAS VIDAS. Las de la mayoría. Las del grueso del sistema, los que sostenemos el mundo. Los que más tienen no son nada sin el trabajo de los demás, sin embargo, el trabajo de los demás es infinitamente menos valioso, muchísimo peor pagado y extremadamente más volátil que el de los “responsables sin responsabilidad”. Pagarles –directamente nómina pública o mediante las aberraciones que se permiten en los mercados y que nos afectan directamente a nosotros- barbaridades, de las que tres cuartas partes las obtienen mediante ilícitos procedimientos, para que tomen decisiones sin asumir consecuencias. Tanto en el ámbito humano como en el corporativo. Se ha permitido que el precio de los cereales, y el de todo, se decida en lo que parece una partida de Black Jack entre mafiosos con puros y fajos de billetes sobresaliendo bajo sus infladas panzas.

Tal vez, el hecho de haber vivido tanto tiempo desconectada es el que me provoca semejante incredulidad. Tal vez es que mi tardío despertar me pone en clara desventaja con los que llevan aquí toda la vida. Aquellos sabios que nos han conducido por tan buen camino, a un maravilloso presente donde, a pesar de sobrar, muchos no comen. Y mientras la gente muere y los países y los recursos y el medioambiente languidecen, unas pocas cigarras se adueñan del trabajo que todas las hormigas han desarrollado durante muchos, muchos años. Y lo gastan como si de ello no dependiese la vida, la libertad y los derechos de muchas, muchas personas. Pero, ¿no es esto una broma? Parece un programa de Tele5basura o un Callejeros viajeros y descerebrados.

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