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No sé ni siquiera si todavía soy competente para escribir unas sencillas líneas, tantos años de universidad pasan factura a la inteligencia y, en mi caso, creo que estoy en la reserva. Un poco más y estaré lista para resignarme, por fin, a vivir en el país de los idiotas, ese maravilloso paraíso de ignorancia y pasividad que se llama España. Aquí, donde la incoherencia marca el paso de los ciudadanos, la opinión crítica ha desaparecido sin ni siquiera dejar huella. No hablemos ya de las ganas de pensar. Reflexionar acerca del rumbo de nuestra pequeña parcela de mundo no es viable en un lugar donde el desacuerdo con las decisiones estúpidas no está permitido.

Sin embargo, me lo han dicho siempre, soy una queja andante. Todo un caso, absolutamente nada me parece bien… desde luego, cómo soportarme. De qué podría quejarse una persona que tiene un techo bajo el que vivir, ropa con la que vestirse y comida que llevarse a la boca. Es cierto, lo admito, soy una snob. He tenido suerte en la vida y no sé apreciarlo. Debería coserme la boca con alambre y no volver a abrirla, dejar de proferir insultos indiscriminados. Probablemente, la mayor culpable de mi indignación soy yo misma. Debería dejarlo pasar y mudarme a Un mundo feliz, donde al menos hay droga de la felicidad para todos. Pero, a falta de mapas mágicos que me lleven al interior de un libro (creo que me sentiría más integrada entre letras impresas sobre papel), me quedo aquí. Escuchando, a ratos, a la estupidez tomándome el pelo.

Pienso que mi estado anímico no ayuda en nada a mi redacción y a lo mejor sería conveniente bajar al bar, a beberme una cervecita y fumarme un cigarro, con el culo helado y la cara pegada al cristal, mientras la sanidad personificada me mira desde dentro del local sin humos, bebiéndose un whisky a las 12.00 del mediodía y apestando a sudor. “Maniobras de distracción”, piensa mi maleducada cabeza, que no sabe dejar de conspirar aunque se lo ordenen.

¿Bolonia? ¿Ley del aborto? ¿Ley del tabaco?, sigue ella, erre que erre, nada más que maniobras de distracción para que no nos demos cuenta de que aquella crisis, que empezó no siendo crisis ni nada importante, se prolonga indefinidamente. ¿Trabajo? ¿Para qué? Tenemos padres que pueden pagarnos uno y mil master y postgrados y doctorados, hasta que el mundo laboral nos necesite. Nos sale la formación por las orejas, como el humo. Pero no debemos tener prisa, debemos dejar que nuestros abuelos disfruten de sus maravillosos puestos de trabajo, como mínimo hasta que se les rompa dos o tres veces la cadera… o cuando necesiten que sus nietos les cambien los pañales, entonces estaremos más que preparados para volar del nido y que nos contraten como becarios en una empresa. ¡Bendito café! ¡Cómo me gusta prepararte y servirte! ¿Y la fotocopiadora? ¡Qué cosa más maravillosa! No sé cómo he podido vivir tanto tiempo sin todo esto… Más vale que los más que competentes profesores que he tenido a lo largo de mi eterno período estudiantil ya me advirtieron de que, una vez sirves un café, ¡ya no puedes parar! Y pensar que hay gente que lleva haciéndolo desde los 16 años… ¡sin pisar una facultad! Es increíble.

No tendré hijos porque cuando pueda mantenerlos ya se me habrá pasado el arroz, pero en realidad es mejor, un problema menos. Total, para cuando estuviesen en secundaria yo ya estaría en un avanzado estado de deterioro neuronal y ni siquiera les reconocería, por eso del alzhéimer. Para qué. A lo mejor me compro un perro, para que haga como que me entiende cuando le hablo y no tener que enfrentarme a una conversación. Sí, es buena idea eso de recoger pelos todo el día y salir mil veces a pasear por la calle, si es que aún están permitidos los perros en ese incierto futuro… a lo mejor se descubre que las cagadas que dejan repartidas por las esquinas son más nocivas que el pestilente olor a fritanga de los bares, y los prohíben.

Me he preguntado muchas veces cómo elegirán la forma de proceder aquellos que deciden el presente y el futuro de 40 millones de personas. Me pregunto si pueden dormir por las noches y luego me digo: ¡claro que pueden! Nadie hace nada, al fin y al cabo, y pocos dicen algo sensato. Descansan apaciblemente sobre sus colchones de billetes, entre sus sábanas de seda, frente a sus pantallas de plasma. No han heredado un gran imperio hotelero ni han montado una multinacional con sudor, esfuerzo y contactos. Han sido elegidos por 40 millones de idiotas que han hipotecado sus vidas y las de sus hijos para que luzcan sus bonitos trajes y digan sus maravillosas estupideces, tan vacías de contenido como las cabezas de todos aquellos que siguen participando en el juego. ¿Qué le vas a hacer? Es peor el otro… Son peores todos y peores nosotros, que lo consentimos. Envidio a aquellos que no se sienten estafados ni engañados. Envidio a aquellos que miran a su alrededor sin rencor. Envidio su calma y su ¿qué le vas a hacer? Os envidio de forma vengativa y cruel. Pero, al final, la rabia no resulta mascarilla y me asfixian los gases de la resignación, como a todos. De aquí a unos días me habré enganchado a Gran Hermano y me indignaré cuando Andreíta no se coma el pollo. Supongo que me desgastará menos que pensar en el prometedor futuro que nos espera.

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